2.9.07

CAUSALIDAD, LA EXCUSA PARA REVESTIR TODA CASUALIDAD


El “core” de las ideologías y las religiones (si es que hay alguna diferencia entre ambas) pasa por la famosa determinación de casualidad o causalidad. Es decir: lo que los inadvertidos llamarían casualidad, para los iniciados es claro que se trata de causalidad.
Truman Capote (vuelto a poner de moda por aspectos biográficos suyos filmados por Hollywood) se montó sobre la vieja creencia de objetividad periodística para crear ese mamotreto del marketing literario que se llamó “A sangre fría”. Porque desde alguna concepción, se supone que detrás de todo hecho hay:
a) la situación en sí, posible de ser contada paso a paso, tal como sucedió, suponiendo que cuanto más minucioso se sea más se descubre de lo que sucediera en sí.
b) la interpretación de la situación a través de mensajeros, pregoneros y diseminadores, cada uno de los cuales agregando su interpretación o intencionalidad.
c) el entorno y los intereses que “agrega” quien pretende organizar los datos y relatarlos.
En Argentina conocemos cientos de casos que o se transformaron en mitos o en interpretaciones a las cuales a través de los tiempos siempre parece descubrirse “algo más”. Pasa con las biografías de “famosos”, desde San Martín a de la Rúa, desde Evita hasta Monzón, o hechos periodísticos como los crímenes de Mirta Penjerek a María Marta Belsunce, de Pedro Aramburu a José Luis Cabezas.
Es que cierta visión periodística de la realidad presupone que “en algún lugar” reside cada hecho tal cual sucedió y que sólo espera ser “recogido” por cualquier sagaz investigador. ¿Cómo? Pues a través de una tarea similar a la de la investigación científica, que permita develar a) la forma en que sucedió y b) las “razones” por las cuales sucedieron.
A Truman Capote lo obsesionaron estos dos aspectos, que intentó explotar para llegar a finalizar su obra.
El primer aspecto, o lo que suele denominarse “hecho objetivo” es una pata importante de la cuestión, casi imposible de obviar o negar, porque lo que sucedió es obvio que “existió”. Pero: ¿es posible acceder a la información?
Muchos hechos hoy son reproducidos hasta el infinito en detalle porque vivimos rodeados de cámaras, algo así como testigos inexorables “plantados” en todos lados. Cuando el dueño de un lugar que fue asaltado relata su visión de lo que sucedió, basta con acudir al documento registrado y saber algo más sobre el hecho mismo que lo que asegura el testigo que hasta entonces parecía ser el único y el más importante.
Capote se dedica a investigar el crimen de toda una familia en manos de dos jóvenes, en una casa de campo, en la década del cincuenta. Sin cámaras ni otros testigos, debió confiar en el relato de los dos acusados, que por supuesto estaban (junto con sus abogados) más interesados en salvar su pellejo que en dar a la Historia un notable y fiel testimonio.
¿Capote tenía alguna alternativa de cubrir ese primer aspecto de lograr conocer de verdad cómo fueron los hechos?
Claro que donde se agrava el tema es en el segundo aspecto –al menos para este caso- que es la pretensión de “conocer las causas”, y si partimos del supuesto de que las hubiera.
En los Estados Unidos, paraíso de las encuestas, se realizó una serie de testeos de la opinión pública que trataban de medir la incidencia del prejuicio. En uno de los estudios que se realizaba en un teatro, se exponían ante un panel una escena por la cual pasaban corriendo dos mujeres blancas desnudas, y luego detrás un hombre negro, también corriendo pero vestido.
A la pregunta sobre identificación de lo que habían visto, las interpretaciones del público, finalizada tal escena, se polarizaron en una serie de opiniones, que iban de “dos pobres chicas abusadas que huían de su violador que trata de acallarlas matándolas (algunos aseguraron que el negro portaba un cuchillo)”, hasta quienes aseguraban haber presenciado una escena teatral con dos bellas actrices desnudas y un actor que también corría. Adivinen cuál respuesta solía ser la mayoritaria.
Capote creía poder llegar al nudo principal de aquellos crímenes que él (pero sobre todo la policía y la justicia) investigaba. Vivía obnubilado por la certeza de que iría a encontrar las “razones” que llevaron a los dos jóvenes asesinos a realizarlos.
Es que parece haber en la mente de los “bienpensantes” ciertas fórmulas que se reactivan frente a cuestiones como el hecho de no encontrar desde el vamos en cada cosa esas “razones” que parecen haberlas generados.
Esta es la gloria de las religiones, las políticas, las ideologías y hasta las corporaciones: poder encontrar, crear o simular las razones que satisfacen las mentes que necesitan cerrar su entendimiento de los hechos a través de la aparente coherencia que generan tales supuestas razones.
Los dioses, santos, ángeles y espíritus de toda índole viven en acción generando “causas” en todas las religiones. Para los políticos hubo siempre “equivocados conceptos aplicados” “o la errónea acción de gestiones anteriores heredadas por nuestro gobierno”, o bien “la aplicación de medidas correctas”. Las ideologías, algunas hasta de corte autoadjudicadas como “científicas” se nutren de conceptos muy ricos: como “imperialismo”, “dictadura” y hasta “acciones participativas” y términos nunca explicitados del todo pero sobreentendidos como “pueblo” o “popular”, “soberanía”. Es decir: los términos son tantos y tan copiosos que hasta hay diccionarios políticos. Y ni hablar de corporaciones, las cuales inventan un revestimiento de legalidad que busca una sola razón: supervivencia a perpetuidad (como saben, muchas son las que ya lo han logrado).
Volviendo a Capote, su arma de apariencia tan infalible tuvo la peor de las falibilidades: la paradoja de tener que quedar atrapado en los únicos testigos que le daban la mejor (¿o peor?) de las informaciones: los propios asesinos.
Lombroso fue un famoso médico italiano que influyó sobre mucha policía y justicia desde mediados del siglo 19 con sus teorías acerca de la manera en que se podían identificar posibles delincuentes por medio de su conformación física, sumados a su entorno social, geográfico, ideológico y político. En cierta manera, fue una forma práctica de encontrar causas allí donde había hechos. Y para Lombroso era muy importante identificar causas porque al igual que la medicina que ejercía, buscaba enfermedades para desarrollar “remedios”, su pretensión era precisamente remediar el mal social que provocaba la delincuencia. El problema para los lombrosianos era el altísimo índice de desacierto que solía comprobarse en la aplicación de tales trasnochadas teorías, a los que ellos también creían certeras por imaginar científicas.
Pero lo que hacía Lombroso era apenas si pretender darle sustento a esa tendencia habitual que tienen los humanos de ponerle posibles interpretaciones con aire de certeza, que parecen completar “lo que no se sabe” sobre algo.
Las fórmulas las vemos todos los días: un refugiado extranjero en el entorno de un delito recién cometido suele vinculárselo con automaticidad al mismo, aunque sólo pasara por allí. El equivalente del “negro violador” de la escena arriba contada, podría ser un peruano en Argentina o un marroquí en Francia. Cada medio posee sus propios fantasmas.