EL PATAPÚFETE DE LA PRENSA INDEPENDIENTE
Curiosa trayectoria la del periodismo argentino, demasiado emparentada con la idiosincracia nacional, tan afin a la política y a las creencias irreales del ciudadano medio.
Hay un libro interesante de Graciela Mochkofsky, se llama Timmerman, y es la biografía del creador del semanario Primera Plana en los sesenta y el diario La Opinión en los setenta. Conviene leerlo, ya que desnuda la trama nunca secreta de los intereses que movieron en cada periodo la tarea del mayor hacedor del periodismo contemporáneo argentino, que autodenominaba “independiente” a su prensa.
Para muchos extranjeros hay un adjetivo al parecer certero en la definición de nosotros los argentinos: soberbios. Pero si profundizaran podrían agregar: “y con tendencias a ejercer cierta hipocresía”. Pobres de nosotros.
¿A cuento de qué venimos hoy tan irónicos y despiadados?
La cuestión es que este enero ha sido un ejemplo de mencionado. Enero suele ser un mes duro para la prensa diaria, no se suelen producir hechos trascendentes y para llenar sus páginas deben reflotar cualquier cosa: el vínculo de Freud con su cuñada o cómo cuidar la línea con una buena dieta. Nada para lucirse, y menos para incrementar la tirada.
Así que el estar pendiente de la resolución de La Haya fue una noticia interesante, como para sacarle el jugo. Ni hablar de lo que pasó. El propio Kirchner, harto de las críticas “independientes” decidió mencionar en vivo y directo del “error” de la prensa.
Durante mucho tiempo “La Prensa” y “La Nación” manejaron la opinión pública a la medida de los grandes intereses agrícolo-ganaderos escudados en su “independencia” como “medios de prensa”. Es decir: hicieron política. Por supuesto, ambos medios toda la vida recurrieron a los grandes entes de defensa internacional de la prensa “libre” cada vez que decían barbaridades afines a meros intereses sectoriales encubiertos como grandes verdades para informar al lector.
¿Qué habrá llevado a toda la prensa argentina a volcarse a pensar que iban a fallar en La Haya en contra de nuestros intereses? Y equivocarse, luego, por semejante margen (93%)... ¿El mismo espíritu anarquista con que los ciudadanos se niegan a cumplir con las leyes de tránsito? ¿O el espíritu hipócrita que difiere siempre lo que dice de lo que hace, lo que pregona de lo que practica?
“Por algo será” fue la frase cultivada en los setenta, cuando en algunos corrillos se filtraba el “vinieron y se los llevaron”. Y si alguien quería enterarse qué pasaba, o bien optaba por consultar en inglés el Buenos Aires Herald, o si no quedaba condenado a creer que la vida diaria era un paraíso gracias a que “las urnas están bien guardadas” y custodiadas por uniformados que cuidaban la vida e intereses de la comunidad. Es decir: los diarios de los setenta fueron una buena manera de enterarse que lo que pasaba no era tanto lo que pasaba sino lo que se contaba. Ni hablar que avanzando en el tiempo, en el 82, día a día se registraron con prolijidad los triunfos que iban tejiendo el lógico e inevitable triunfo final que lográbamos en Malvinas.
Es que aquel fue, también, un buen patapúfete: ¿cómo entender de la mañana a la noche que nos habíamos rendidos, cuando Gómez Fuentes, Clarín, La Razón, Gente y La Semana nos habían explicado con lujo de detalles y amplitud gráfica cómo era que estábamos ganando?
Clarín, uno de los que más empecinados sostuvo que el resultado en La Haya era negativo, tuvo que salir a pedir perdón al lector con la excusa literaria de que recién hoy comenzaba la historia. Nunca queda muy claro qué es más el periodismo: o testimonio de la realidad, o literatura que refleja la época. Una pasión interesante de las filosofías, las religiones y las ciencias ha sido siempre el de encontrar la tranquilidad aparente de sus seguidores o practicantes a partir de seguir los contenidos. Nadie como los sofistas, en ese caso, para encontrar explicación a todo, aun para justificar el desarrollo de sus propios métodos.
¿Ustedes saben por qué la prensa se niega a reconocer cualquier acierto de cualquier gobierno? Porque sostienen que si el lector sospechara que “se volvieron oficialistas” van a pasar a dejar de ser creíbles y ser en cambio interpretados como satélites del poder de turno. Algo que, en términos económicos significa dejar de vender, un fantasma para cualquier emprendimiento con fines de lucro. Hay publicaciones que usan el recurso de jactarse de haber estado en contra de todos los gobiernos. Es decir: para evitar ser vistas como oficialistas, debieron “volverse opositoras” (y así vender más). Si esta ecuación es tan así, quiere decir que la única manera en la que se puede vender bien en términos periodísticos es siendo un medio opositor. Como digo al principio: todo muy curioso, ¿no?







