28.3.07

NO QUIERO QUE LLUEVA

Entre las anécdotas de mi niñez conservo siempre como buen ejemplo la travesura de Emilio, varios años menor que yo. Con mi familia habíamos ido de visita a la suya, y él quería jugar conmigo, andando en bicicleta por las calles de tierra de su entorno de campo. ¡Pero llovía!
En el campo, la lluvia tiene ese sino dramático que apenas si lo tiene en este grosero medio urbano.
Ni andar en bicicleta, ni caminar, ni salir. Nada es posible con tanta lluvia.
Pero Emilio se había hecho la ilusión de que, conmigo, saldría a correr y correr en las polvorientas tardes en aquellas viejas bicicletas...
Así, que sin más trámite, comenzó su ceremonia de conjura y, con una caja de cartón corrugado en su cabeza (a la que golpeaba cual tambor) danzaba por su habitación cantando a viva voz “¡No quieeero que llueeeva!
La lluvia persistió varios días, y debimos postergar nuestras incursiones ciclísticas hasta el próximo verano, cuando volví de visita al campo.
La idea de Emilio, primitiva y propia de un chiquilín, sirve para satisfacer un espíritu desconsolado que no puede admitir los designios insólitos de la realidad.
El lunes pretendí circular por la calle Rivadavia, aquí en Baires.
Pero el domingo llovió, y un rayo partió en dos una central de distribución de electricidad que, luego de salir de servicio dejó sin luz a media ciudad. En la zona de mayor influencia de aquella central (un amplio sector de Almagro, Caballito y alrededores) la luz no volvió sino hasta el martes a primera hora.
Como en mi historia, la gente salió el pasado lunes a protestar y a gritar que no querían el corte. Con cacerolas, total el método ya está bastante impuesto.
Imagínense el caos de un lunes laboral, con Rivadavia cortada por los manifestantes, que quemaban porquerías y gritaban. Una delicia.
Una potencialidad descubierta por cualquier candidato opositor: incitar a la protesta por todo lo que se les ocurra, para cerrar las principales avenidas e impedir la circulación.
Les recuerdo que estamos en “periodo electoral en Argentina”, algo que para cualquier servicio de inteligencia del mundo hace recomendable ni pisar por aquí a nadie: las más odiosas arbitrariedades son posibles.
¿Qué tal si se encierran en su habitación, se ponen una caja de cartón corrugado en la cabeza y comienza a pedir a los gritos que vuelva la luz?

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