GRAN RECUPERACIÓN

Nuestras generaciones llegaron a ver una “clase media revolucionaria”: se había declarado en contra de los grandes pulpos financieros multinacionales y sus soportes, a los cuales sus componentes les gritaban “¡que se vayan todos!”. Es cierto que el texto se los pasaba esa gente de izquierda que siempre están en un rincón de la Plaza Mayo a la espera de alguna revolución, y esta, si bien no era “obrera”, también le caía bastante bien…
La tapa que ilustra mi post de hoy es de la revista argentina “Barcelona”, pero que viene como anillo al dedo. Después de aquella etapa en la que la clase media salió a “quemar bancos” cual universitarios rebeldes, y una vez que de una u otra manera entendieron que les habían robado (o quedaron tal vez esperando que se los devolvieran), la clase media dejó de reunirse en los barrios, ser rebelde y, en fin… volvió a sus ideas.
¿Cómo resumirlas?
Veamos las que piensan pero no dicen:
• Que los pobres no se mezclen con nosotros, no nos gustan.
• Que a los distintos los dobleguen, los hagan vivir aparte, que tampoco se mezclen.
• Que todos tiendan a pensar y actuar bien, es decir como nosotros.
• En fin: que tampoco nos gustan ni los sucios, ni los drogados, ni los enfermos, ni los que piden limosna, ni los que nos molestan en general.
Y esta profunda ideología se extiende pero más o menos siempre con ideas afines.
Veamos lo que dicen:
• Maten a todos los delincuentes.
• Compren revólveres y entrénense para bajar delincuentes.
• Pongan presos a todos los sospechosos.
• No a los piqueteros, a los de los planes jefes y jefas, a los simpatizantes de la izquierda, a los que no trabajan, a los cartoneros, etc.
• Aquí lo que hace falta es mano dura.
• El gobierno está formado por tipos que fueron guerrilleros de jóvenes y corruptos de grandes, hay que votar gente limpia y que sepa gobernar.
Lo interesante de Barcelona es que lo pone desde un costado humorístico, aunque saben que esta ideología es PARTE ACTIVA DEL DRAMA ARGENTINO.
Esta mañana, día de 30 grados, en un coche del subte A viajaba un muchacho dormido a lo largo de uno de sus asientos. Dormía –está de más decirlo- con una placidez que envidiaría cualquier tipo que no suele conciliar su sueño a oscuras en su lujoso sommier con el mejor aire acondicionado.
Pues nadie que subía lo veía si no era filtrado por sus propios prejuicios. Todos subían y ponían mala cara: ¡ocupaba tres asientos aquel vago! Todos seguro que extrañaban las dictaduras que ponían de vuelta y media a los que hacían vagancia.
Mire: si pudiera me desafiliaría de mi propia clase social!
La clase media argentina, y en especial esta clase urbana, se nutrió de todo tipo de desposeídos, refugiados, malolientes que huían de sus lugares por múltiples razones: por escapar de la ley generalmente que quería sancionarlos en su tierra por desertor, chorro o vaya a saber qué. La finalidad era 1) reiniciar la vida en América y 2) “hacerse la América”, juntar plata y, ya se sabe, así ser muy feliz.
Gracias a llegar y establecerse en esta América tolerante, pudo brindar esa descendencia parte de los cuales quieren terminar, ahora, con el resto de sus congéneres.
¿Cómo podría hacer para no ser más de la clase media, eh?



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