Mercedes
Tal vez no conozcan a mi psicoanalista. Se llama Heber y es un tipo preocupado por no ser un profesional demasiado estructurado.
A ver, como explicarles: es un tipo que para la gente no muy vinculada al mundo de la psicología es un tanto raro.
Como no tenía su agenda demasiado libre, me propuso que nos encontráramos el domingo a las tres de la tarde.
- A esa hora podríamos encontrarnos para ir al Hipódromo –dije bastante en broma porque en realidad nunca pisé un hipódromo.
- ¡Excelente, Ale! – me dijo, y creo que en serio – hace años que no voy al hipódromo y es posible que escuchar a un paciente en ese ámbito me haga muy bien.
- ¿Pero en otro ámbito le hace mal? –dije con un hilo de voz.
- Es que mi analista, y esto no tendría que contárselo, sostiene que es hora de que largue mi profesión porque me está afectando emocionalmente, y que debería volver a mi actividad anterior. Yo soy técnico electricista y en realidad extraño mucho aquellos tiempos en que hacía instalaciones en obras. Creo que, a la larga, voy a volver.
- Heber: si usted vuelve a ser electricista, ¿qué va a ser de mi terapia?
- ¿Usted no utiliza servicio de electricistas? – me preguntó, como si fuera un diálogo común entre gente vulgar.
Para los que no leyeron nunca mi blog, tal vez esto suene demasiado fuerte. Conozco gente que ignoran tantas cosas de su terapista que ni siquiera conocen a qué sexo pertenece, y menos la nacionalidad, el estado civil o la especie. Parece que hay cierta ortodoxia que le “tira” tendencias que le impiden ejercer una identificación posible. Algo así como que el paciente se relaciona en una asepsia en la cual lo importante es el paciente y no el terapeuta.
Para hacérsela corta, el domingo nos debíamos encontrar en la esquina del Hipódromo de Palermo. Soy un poco corto de vista, así que me costó identificar por dónde andaría el pelirrojo lacaniano. Hasta que de algún lugar salía la voz de Heber, a los gritos.
Asomaban sus rulos rojizos desde los vidrios polarizados de una cuatro por cuatro. Cuando me acerqué, me gritó aún más fuerte:
- Suba rápido, que me están por hacer la boleta.
- Pero, doc, quedamos en encontrarnos para entrar al hipódromo.
- Discúlpeme, pero no quise dejarlo colgado. Resulta que me olvidé de que hoy es el cumpleaños de mi mamá, y que me está esperando a almorzar en su casa…
- Son las tres y media de la tarde.
- ¿Y?
- Y nosotros quedamos en encontrarnos para psicoanalizarme.
- Mire: usted sabe que nuestro contrato psicoanalítico es móvil: hoy es por mí y mañana es por usted. Algunos colegas prefieren cobrar la sesión aunque no se haga. Yo prefiero cobrarla y hacerla, sea como sea.
- ¿Y hoy, cómo sería?
- En viaje.
- ¿En viaje a dónde?
- Mi madre vive en Mercedes.
- Pero eso está como a cien kilómetros de aquí.
- Sí. En poco más de una hora llegamos, justo lo que va a durar nuestra sesión. Le escucho.
- Estuve muy nervioso esta semana.
- Sí ya se, ya se lo contó a July y a todos, no se olvide que yo también leo su weblog. La historia de su amigo muerto, y que ahora escribe una novela. ¿No es medio al pedo todo eso?
- ¿Al pedo qué?
- Que tenga necesidad de escribir una novela…
- ¿Yo dije así “necesidad”?
- ¿No?
- No. Yo hablé de decisión. El escribir un blog, algo muy rico y original dos años atrás se transformó en puro boludeo.
- ¿Sí?
- Así es. Se reprodujo todo lo que la sociedad tiende a crear siempre en estos casos: corporativismo, amiguismo, en fin…
- O sea que ya podríamos hacer un weblog los psicoanalistas, para figurar…
- ¿Usted piensa que ya no hay?
- ¿Y qué piensa hacer?
- Nada. Irme. Volver al recurso clásico que tenemos los que escribimos: desarrollar una novela. Participar de algún concurso, y creer que voy a ganar.
- Vaya. No me esperaba esa respuesta.
- ¿No va un poco demasiado rápido?
- Mire el cuentakilómetros: ciento ochenta. Para una máquina que tira a docientos cincuenta no es tanto…
- Pero mientras maneja me psicoanaliza… y creo que lo que atravesamos recién era algo sólido: o un gato o una liebre…
- Sí: coincidimos, a mí me dio la misma impresión… Le voy a hacer caso y voy a bajar un poco la velocidad. Pasa que mi madre se enoja porque siempre llego tarde a sus cumpleaños.
Una hora después terminábamos mi sesión. No acepté acompañarlo a comer al cumple de su madre. Me dejó en el bar del Hotel Mercedes, en la dieciséis, y pasó a buscarme cercano el anochecer, cuando ya casi dormitaba sobre la mesa.
- Ale – dijo en medio de un vaho de alcohol.
- Sí… -desperté.
- Es hora de irnos.
A veces me da muchas ganas de cambiar de psicoanalista. Estaba a cien kilómetros de mi casa, había comprado los tres diarios principales del domingo y dos revistas y las había leído todas. Así que había sido adoctrinado suficiente contra el gobierno: Gallo –el obse contra Cristina y los adverbio terminados en mente- Lanata –gordo en guerra- y Grondona –finoli de derecha- me habían producido un mareo sólo comparable con el tintillo de los Contín.
Heber aceleró y llegamos rapidísimo. Ahora entiendo que la actividad de paciente de psicoterapia es arriesgadísima.
Hasta mañana.
A ver, como explicarles: es un tipo que para la gente no muy vinculada al mundo de la psicología es un tanto raro.
Como no tenía su agenda demasiado libre, me propuso que nos encontráramos el domingo a las tres de la tarde.
- A esa hora podríamos encontrarnos para ir al Hipódromo –dije bastante en broma porque en realidad nunca pisé un hipódromo.
- ¡Excelente, Ale! – me dijo, y creo que en serio – hace años que no voy al hipódromo y es posible que escuchar a un paciente en ese ámbito me haga muy bien.
- ¿Pero en otro ámbito le hace mal? –dije con un hilo de voz.
- Es que mi analista, y esto no tendría que contárselo, sostiene que es hora de que largue mi profesión porque me está afectando emocionalmente, y que debería volver a mi actividad anterior. Yo soy técnico electricista y en realidad extraño mucho aquellos tiempos en que hacía instalaciones en obras. Creo que, a la larga, voy a volver.
- Heber: si usted vuelve a ser electricista, ¿qué va a ser de mi terapia?
- ¿Usted no utiliza servicio de electricistas? – me preguntó, como si fuera un diálogo común entre gente vulgar.
Para los que no leyeron nunca mi blog, tal vez esto suene demasiado fuerte. Conozco gente que ignoran tantas cosas de su terapista que ni siquiera conocen a qué sexo pertenece, y menos la nacionalidad, el estado civil o la especie. Parece que hay cierta ortodoxia que le “tira” tendencias que le impiden ejercer una identificación posible. Algo así como que el paciente se relaciona en una asepsia en la cual lo importante es el paciente y no el terapeuta.
Para hacérsela corta, el domingo nos debíamos encontrar en la esquina del Hipódromo de Palermo. Soy un poco corto de vista, así que me costó identificar por dónde andaría el pelirrojo lacaniano. Hasta que de algún lugar salía la voz de Heber, a los gritos.
Asomaban sus rulos rojizos desde los vidrios polarizados de una cuatro por cuatro. Cuando me acerqué, me gritó aún más fuerte:
- Suba rápido, que me están por hacer la boleta.
- Pero, doc, quedamos en encontrarnos para entrar al hipódromo.
- Discúlpeme, pero no quise dejarlo colgado. Resulta que me olvidé de que hoy es el cumpleaños de mi mamá, y que me está esperando a almorzar en su casa…
- Son las tres y media de la tarde.
- ¿Y?
- Y nosotros quedamos en encontrarnos para psicoanalizarme.
- Mire: usted sabe que nuestro contrato psicoanalítico es móvil: hoy es por mí y mañana es por usted. Algunos colegas prefieren cobrar la sesión aunque no se haga. Yo prefiero cobrarla y hacerla, sea como sea.
- ¿Y hoy, cómo sería?
- En viaje.
- ¿En viaje a dónde?
- Mi madre vive en Mercedes.
- Pero eso está como a cien kilómetros de aquí.
- Sí. En poco más de una hora llegamos, justo lo que va a durar nuestra sesión. Le escucho.
- Estuve muy nervioso esta semana.
- Sí ya se, ya se lo contó a July y a todos, no se olvide que yo también leo su weblog. La historia de su amigo muerto, y que ahora escribe una novela. ¿No es medio al pedo todo eso?
- ¿Al pedo qué?
- Que tenga necesidad de escribir una novela…
- ¿Yo dije así “necesidad”?
- ¿No?
- No. Yo hablé de decisión. El escribir un blog, algo muy rico y original dos años atrás se transformó en puro boludeo.
- ¿Sí?
- Así es. Se reprodujo todo lo que la sociedad tiende a crear siempre en estos casos: corporativismo, amiguismo, en fin…
- O sea que ya podríamos hacer un weblog los psicoanalistas, para figurar…
- ¿Usted piensa que ya no hay?
- ¿Y qué piensa hacer?
- Nada. Irme. Volver al recurso clásico que tenemos los que escribimos: desarrollar una novela. Participar de algún concurso, y creer que voy a ganar.
- Vaya. No me esperaba esa respuesta.
- ¿No va un poco demasiado rápido?
- Mire el cuentakilómetros: ciento ochenta. Para una máquina que tira a docientos cincuenta no es tanto…
- Pero mientras maneja me psicoanaliza… y creo que lo que atravesamos recién era algo sólido: o un gato o una liebre…
- Sí: coincidimos, a mí me dio la misma impresión… Le voy a hacer caso y voy a bajar un poco la velocidad. Pasa que mi madre se enoja porque siempre llego tarde a sus cumpleaños.
Una hora después terminábamos mi sesión. No acepté acompañarlo a comer al cumple de su madre. Me dejó en el bar del Hotel Mercedes, en la dieciséis, y pasó a buscarme cercano el anochecer, cuando ya casi dormitaba sobre la mesa.
- Ale – dijo en medio de un vaho de alcohol.
- Sí… -desperté.
- Es hora de irnos.
A veces me da muchas ganas de cambiar de psicoanalista. Estaba a cien kilómetros de mi casa, había comprado los tres diarios principales del domingo y dos revistas y las había leído todas. Así que había sido adoctrinado suficiente contra el gobierno: Gallo –el obse contra Cristina y los adverbio terminados en mente- Lanata –gordo en guerra- y Grondona –finoli de derecha- me habían producido un mareo sólo comparable con el tintillo de los Contín.
Heber aceleró y llegamos rapidísimo. Ahora entiendo que la actividad de paciente de psicoterapia es arriesgadísima.
Hasta mañana.





