8.6.06

ELEFANTE


Escribir pueden ser varias cosas: un deporte, una práctica, parte de la vida, un desahogo, algo que no se puede evitar hacer, una forma de expresarse (a veces la única), un error.
¿A cuál adhiero? Me identifico con todas. Ahora que me acaban de contar que murió un gran amigo de mi infancia, a la misma edad que su padre y repitiendo tal vez la secuencia... imagino que escribir, además, suele ser autohigiénico.
Estoy reflexionando sobre cuándo empecé a escribir y qué intentaba con eso. Seguro que empecé a la fuerza, como todos, con alguna “composición” en la cual debería describir algo para regocijo de mi maestra. Pero no me refería a esa vez, común a todos, y en la cual bastaba apelar a las sugerencias docentes de “mi mamá es buena y me hace la comida”, sino a la primera vez que uno ha pergeñado algo por placer personal. A lo mejor para entonces ya era muy tarde.
Les propongo volver al ejemplo de mi mamá buena. Deténganse a analizar propuestas como la deslizada por la maestra ciruela:
 La vaca es un animal muy útil: nos da la carne, el cuero, la leche.
 La Argentina es un país vasto, rico y con todos los climas y suelos.
 El General San Martín dio la libertad a Argentina, Chile y Perú.
Todas estas propuestas literarias empezaban con estas inexactitudes, seguían en lugares comunes semejantes y finalizaban con conclusiones de un tenor casi tenebrosos, pero que hacían las glorias de maestras y directores, padres y abuelas.
Para seguir con propuestas, los invito a analizar la constante en todos los ejemplos: la manía por destacar cosas “positivas” ya que mamá es buena, la vaca es útil, el país es rico y San Martín es libertador.
¡Esa es la clave! Así aprendemos a escribir: moralmente, “enseñándole” a la gente cómo se deben hacer las cosas. Es necesario tener en cuenta que a partir que nos esforzamos por separar y destacar “las cosas que están bien”, casi sin querer también separamos y mostramos “las cosas que están mal”.
Ergo: somos tan escritores como moralistas. Aunque nos llamemos Humberto Tortonese o Mario Pergolini y parezcamos justicieros, somos moralistas. Una lacra.
Necesité muchos años para darme cuenta de esto. Si bien lo sospechaba, recién se me apareció clarísimo con “Elefante”, una de las películas más intensas de la historia del cine. El director, Gus van Sant, eligió la historia de los chicos de la masacre de Columbine para mostrar un fenómeno de la delincuencia contemporánea. Lo interesante no es la historia, sino cómo elige contarla. Y al ser una historia que coincide con la que cuenta Michael Moore en “Bowling for Columbine” pasa a ser un extraordinario ejercicio para analizar en paralelo qué pueden hacer dos artistas con la misma materia prima.
Mientras Van Sant muestra cómo el crimen aparece y se desarrolla, sin encontrar justificativos ni nada que lo detenga o pueda detener, Michael Moore trata de hacernos entender que todo es explicable, y hasta posible de evitar. No vamos a entrar en la polémica porque no es mi intención: pero sí quiero entrar en la línea de polémica que desata van Sant.
¿Cualquier accidente o incidente de la historia podría haberse evitado? Buena pregunta, tan vasta e inasible que da ganas de llorar... Desde el punto de vista filosófico ¿son cosas posibles de pensar, siquiera de imaginar? Y si fuera posible ¿lo es moralizar al respecto?
Que difícil...
Volvamos al difícil conjuro de la escritura. ¿Para qué escribimos?
Si lo correlacionamos con las artes, la escritura es una forma de “expresión” en la cual el artista trata de expresar con su forma de hacer las cosas aquello que no puede ni con la palabra, la acción o sus fuerzas. Ahora bien ¿por qué debería ser moralizante?
Estamos armados para moralizar, en un medio moralizante y eso es lo que aprendimos. A utilizar la palabra como edificadora, ejemplificante y ordenadora. Pura carroña.
¿Es que no podremos escribir sin querer reformular al mundo?