
Tengo un analista que se jacta de no ser nada ortodoxo. Ha desarrollado una estrategia profesional que tiene dos puntas interesantes: atender a sus pacientes en cualquier contexto informal y sumergirlos en sus propias contradicciones como parte ineludible de la terapia.
- ¿Hola? ¿Está el Dr. Kamuchkowsky?
- ¿Quién habla?
- Soy Vitali, un paciente.
- El doctor está en Segovia.
- ¿Cegobia?
- Segovia. Fue a un congreso. Volverá a mediados del mes que viene.
Así que corté, justo cuando volvió a sonar.
-¿Acepta un llamado con cobro revertido del Dr. Kamuchhhhhh?
- Sí, déle...
- Ale?
Esa era la voz flatulenta de Heber, a través de quien sabe cuántos satélites.
- ¿Es cierto que está en Cegobia?
- Segovia.
- ¿Y eso qué es?
- España, pero no tuve ni tiempo ni de mirar el mapa para saber si sur, centro o qué. Anteayer volvía de mi clase de golf y me encontré a una colega en la puerta de casa, desesperada porque su amiga se enfermó y se quedó colgada con dos abonos completos para un congreso de psicología en España. No lo pensé ni media vez, y aquí estoy. Así que le pido que me disculpe.
-Pero es que yo necesito hablar mucho. Ya estaba casi listo.
-Sí, por eso lo llamo. Su caso es el que más me preocupa.
-Y?
- ¿Se anima a psicoanalizarse así, por teléfono nomás?
- ¿Con cargo a quién?
- Lo hacemos en lugar de que pague sus honorarios, por esta semana.
- Es que estoy caminando por la calle Florida.
- ¿No puede entrar a un bar?
- A ver, espere... Ya me senté.
- ¿Está en un bar?
- No. Me senté en la recepción del Citybank.
- ¿Le parece un lugar sensato para psicoanalizarse?
- No será sensato pero está lleno de guita. O sea que sí: es, además, sensato.
- Le escucho.
- Perdone mi indiscreción: ¿usted sí está en un bar?
- No. Estoy en la costa de un río. Es muy tranquilo. Me da mucha tristeza, hace un rato estaba llorando.
- ¿Ya tiene nostalgias de la Argentina?
- No. me imaginaba a los abuelos de mis padres, teniendo que dejar estas tierras para ir a vivir a un país tan aborígen, en América.
- ¿Usted cree que podremos hacer una sesión así?
- Intentemos.
- ¿No es poco ortodoxo esto?
- Yo creo que todas mis sesiones no tienen nada que ver más que con una ortodoxia propia que voy creando. Ustedes mis pacientes ya deben estar bastante acostumbrados.
- No se, no recuerdo que me lo haya preguntado.
- ¡Excelente momento para preguntárselo, entonces!
- Tengo un tipo en el blog que dice que sabe mucho de psicoanálisis y opina que lo largue porque usted me manosea.
- ¿Sabe mucho? ¿Es psicoanalista?
- No. Pero dice que se analizó durante 17 años.
- ¿Y usted qué piensa?
- No, nada, ahora me agarró sin pensar (no sabe la mina que está enfrente mío...)
- ¿No podría cambiar de lugar?
- No. Si estoy bien aquí. Es la sala de espera, hay buen aire acondicionado. ¡Mejor que en su consultorio!
- Váyase a un bar.
- Si me voy a un bar le voy a tener que cortar. Y en quince minutos tengo una reunión con un gerente del banco.
- ¿Pidió un crédito?
- No. Estoy harto porque hace un mes que no logro que me corten un débito automático.
- Uh...
- Pero no me hago muchas ilusiones. La última vez que estuve en este lobby todos los clientes lo estaban rompiendo porque no le devolvían los dólares que depositaron. ¿Qué esperanza puedo yo tener con la boludez de mi débito automático?
- ¿Cómo anduvo esta semana?
- Mal. volví a pelearme con mi mamá.
- ¿Qué le pasa ahora?
- Quiere saber con quién estoy saliendo. Parece que le paga a mi hermanito menor para que lo averigüe. El lunes el guacho se apareció en casa con una botella de vodka y un tetrabrick de jugo de naranja. Decía que se le ocurrió probarlo y en su casa la vieja lo controla. Me di cuenta tarde porque el destornillador me apasiona (y él lo sabe), así que le conté todo: que salgo con una cucarachera que es una desaforada sexual, que es separada y que tiene tres hijos, y que a lo mejor se viene a vivir conmigo y trae a los chicos.
- No me contó antes eso.
- ¿Y qué quiere, si usted está en el culo del mundo?
- Bueno: cálmese.
- En cuanto mamá se enteró de todo, ardió Troya. Me llamó y me dijo que estaba loco, que yo tenía que tomarme un rato para reflexionar y medir la diferencia entre una calentura y una vida en común con un lastre de tres chicos.
- Su mamá es una metida, pero lamento decirle que tiene razón.
- Todavía no sabe lo mejor. Fue cuando me preguntó la edad de los chicos y rápidamente dedujo que mi nueva pareja no es muy joven.
- Ese es otro aspecto que no conocía. ¿Qué edad tiene ella?
- 56
- Casi el doble que usted. Sigo pensando que su mamá no está tan errada.
- ¿Usted me quiere decir que ahora que encontré a la mina que me tiene bien tengo que fijarme que si tiene hijos, si es mayor que yo o que si a usted o a mi vieja no le gustan?
- ¡No grite, hombre!
Claro: ahora en el Citibank todos me miraban, y ya sabían muy claramente qué problema tenía. Y tenía a un tipo de la vigilancia que me preguntaba:
- ¿Algún problema?
- No. Está bien.
- ¿Qué está bien? -preguntó Heber desde Segovia.
- Nada: le contesto a un vigilador. Usted debe ser el primer terapeuta que está en contra del analizado.
- Vamos por partes. ¿Es o no es ella más joven que usted, tiene o no tres hijos?
- Sí: si yo se lo conté...
- ¿Es o no cierto que si se va a vivir con ella va a tener que convivir con tres chicos más? Perdón: ¿qué edad tienen esos chicos?
- 20, 19 y 15.
- Entonces vamos a rectificar: usted me acaba de contar que ha decidido libremente convivir ¡con cuatro adultos!
- Sí.
- ¿Usted cree que yo debería largar esto y viajar de emergencia para atenderlo en Buenos Aires?
- O yo irme a Segovia.
- ¿Para quedarse a vivir aquí? ¿Se dio cuenta el quilombo en el que se quiere meter, si no es que ya se metió?
- ¿Usted cuando vuelve?
- Creo que en julio.
- ¿Eh?
- Es que aquí empieza la temporada alta. Me encontré de casualidad con mi analista y decidimos ponernos a visitar cientos de amigos que tenemos en España. Hubo una época durante la dictadura en que muchos de los mejores psicoanalistas argentinos eran perseguidos y se radicaron aquí. Va a ser un placer reencontrarnos con gente que no vemos desde nuestros años de Lorraine, pantalones oxford y mucha política discutida en el café.
- Y cómo sigue esto.
- Podemos ensayar con el messenger. ¿Usted tiene una webcam?
- Sí, pero ni se si anda. La usaba con mi novia anterior para mirarnos desnudos a la noche, antes de ir a dormir.
- Bueno, ahora podríamos darle una finalidad más científica, y lo psicoanalizo.
- Le voy a tener que cortar porque ya toca mi número.
- Nos hablamos en una semana.
- Cuídese, doc. Mire que el Euro no es barato.
Cuando Heber cortó, y antes que el tablero pasara a mi número debo reconocer que me sentí un poco solo. Soy boludo, y encima algo apresurado. No es la primera vez que tomo decisiones que luego tengo que meterme en el culo. Sigo juntando desaciertos. No niego que me divierten.
Y encima este psicoanalista, tan especial.
Aquí voy, con mi número en la mano y la cabeza gacha. Yo, frente al Citibank.