23.2.05

LAS CEREMONIAS AUTISTAS DEL SIGLO VEINTIUNO

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Internet ha acelerado lo que durante mucho tiempo se calificó como “brecha generacional”. Es así como algunos padres (y muchos más abuelos) han quedad bastante apartados de sus descendientes a partir de una serie de adminículos vinculados o asociados a los "procesadores", esa maravilla que hoy mueve la realidad desde dentro de cada computadora. La mayoría de estas máquinas se miniaturizaron definitivamente en la década del 80, y desde el primer momento contaron para su uso con el apoyo irrestricto de las jóvenes generaciones, pero han sido bastante resistidas por sus mayores.
Los ochenta nos trajeron a las PC tal cual las conocemos hoy, y luego se fueron generando una serie de sucedáneos como laptops, notebooks o palmtops. Desde el Atari al Play Station las tecnologías de juegos electrónicos han surcado un increíble terreno. Del joystick al mouse, de los kilobytes a los gigabytes, del teléfono "propio" como ambición familiar imposible al manejo de los teléfonos celulares personales guardados hasta en las mochilas de los chicos. De los videograbadores al DVD y los home center, el compact, los grabadores de CD, Internet y sus downloads de cosas inimaginables gratis o pirateadas, pagadas por tarjeta de crédito, u operadas en un segundo por CBU desde un teclado.
En muchos casos por negación, en otras por empecinamiento u oscuros principios, hay un par de generaciones que le dieron la espalda al fuerte avance de la tecnología electrónica de las últimas dos décadas. Pero al igual que sucedió con el cine en su momento, la radio y la televisión luego, la literatura que circula hoy en Internet sufre un descrédito por parte del mundo literario tradicional.
Si se detienen a observar todas las publicaciones periodísticas literarias más importantes del último año, observarán la negación e ignorancia con que tratan a los nuevos medios. Ni las páginas web, ni los weblogs son considerados recursos de peso, a pesar de ser la nuestra una sociedad en la cual ya toda una generación casi lo único que lee es lo que circula por la red, y en muchos casos si sumamos el resultado de los e-mails, messengers, foros y chats es altamente probable que nuestros chicos estén leyendo y escribiendo mucho más que sus padres.
¿Que se trata de material bizarro? ¿Que lo que se produce en internet no podría catalogarse como literatura, y mucho menos como material serio? Mejor que los críticos tengan mucho cuidado en valorar algo de las dimensiones de lo que se está produciendo: revoluciones mucho más chicas sucedidas en el pasado en el arte, la cultura y las costumbres han producido más cambios fundamentales en la vida del hombre.
Si observan con detenimiento, notarán que Internet permite una labor de escritura sumamente independiente, casi autista, aparentemente escindida de patrones, editores o mecenas de toda laya. Mejor dicho: todas esas funciones han sido reemplazadas por una “cadena” provista por las nuevas tecnologías, en la cual son eslabones de importancia los programadores, los proveedores de servicios, el recurso internet, y las multinacionales que absorben grandes proporciones del negocio, como Intel, Microsoft (con recursos como Windows, Explorer y Hotmail), Google (con Blogger y Picasa) y Yahoo.
Para los que escribimos, me da la impresión que hay algo que está cambiando, y mucho. En el terreno de la simple difusión de las ideas, como ven, las modificaciones son bastante sensibles. Yo mismo estoy publicando esto en un medio que trasciende de una manera inmediata y práctica, con gran economía de recursos.
Todas las últimas generaciones de pensadores, ¿percibirán cómo las nuevas prácticas que surgen de Internet exceden ya los marcos teóricos y resultan bastante poco explicativos de los nuevos fenómenos? Aunque supongo que muchos humanistas estarían muy felices con las propuestas reiteradamente anárquicas que surgen de la red. ¿Se imaginan qué opinaría Freud? (al Doctor le han asignado con el tiempo tantas ideas extemporáneas, que una más no le debería incomodar). El papel que ocupa el sexo en Internet es en sí un nuevo lugar para identificar la cultura de nuestro tiempo, y sería interesante tener una visión psicoanalítica que aportara una interpretación más clara de qué hace allí, a quienes les es más útil y redituable.
Pero la pregunta del millón es ¿hasta donde deberíamos revisar todos nuestros preconceptos a la luz de una realidad tecnológica como la actual? Creo que, aun a regañadientes, muchas viejas estructuras de poder van entregándose ante la contundencia de un avance que hoy posee incidencia diaria en todo: desde las pequeñas cosas cotidianas hasta las grandes decisiones universales. Y que no sólo modifican las cuestiones externas: nos cambian en nuestra manera de sentir, ver y pensar. Y ya nos cambiaron definitivamente los hábitos.
Posiblemente todavía nadie haya trazado un estudio muy serio del significado del teléfono celular en nuestras vidas, y muchas de las preguntas más interesantes al respecto siquiera se hayan formulado seriamente. Pero, a manera de kamikazes probaremos ensayar algunas: ¿en qué puntos es realmente nocivo (física, cultural o socialmente) su uso?, ¿en qué aspectos nos está modificando (en los hábitos, en la salud, en mejorar)? ¿hasta dónde interviene e interfiere en nuestra vida llevar en la cintura permanentemente una máquina con video, fotografía y grabador, televisión y teléfono, calculadora y juegos, agenda e internet (más todas las cosas inimaginales que le seguirán agregando).
Una de las grandes problemáticas de cómo se prefigura el futuro es la invasión de la privacidad a la que aluden muchos teóricos que combaten los recursos tecnológicos en boga en nuestra época. Y esa es otra pregunta: ¿son tales recursos realmente "tan" invasores?
Tarjetas de crédito y débito que son leídas en el momento de nuestra compra, pagos por cajeros, por internet o por teléfono, números únicos identificatorios que, unidos, pueden establecer rápidamente quién sómos, dónde estamos, que consumimos, qué hacemos. Datos acumulados en shoppings, supermercados y grandes empresas en general, que trazan en instantes perfiles capaces de establecer fielmente qué nos gusta, qué usamos, de qué somos potenciales usuarios, consumidores o necesarios dependientes...
Todo esto carece, sin embargo, del terror de ciencia ficción que encerraba la "Metrópolis" de Fritz Lang o la "1984" de George Orwell (film y novela en las que el fantasma del dominio totalitario semeja la vida futura del hombre a un regreso a la esclavitud). Tal vez sea una realidad más similar a la del "Brazil" de Terry Gilliam o a "La Naranja Mecánica" de Stanley Kubrik, en las que las relaciones del hombre quedan sujetas en el futuro a vinculaciones menos simplistas pero más sofisticadas. O, como pensaba Foucault, puede que el poder real no esté tan en manos de una institución o estructura concreta, sino en situaciones estratégicas mucho más complejas dentro de la sociedad.
¿Alguien se dio cuenta que, cada vez, hay más gente hablando por teléfono alrededor de uno, operando sus palmtops o notebooks? ¿Que no están conectados con la realidad inmediata sino con una más lejana, más allá, que tal vez se esté insertando ante nuestros ojos en otro medio no presencial o virtual? ¿Alguien sabe qué significa tanta gente aparentemente junta pero no interactuando sino con otros contextos?
Mientras tanto, alrededor nuestro, cada día pareciera abrirse un nuevo locutorio, cibercafé o espacio con internet. Allí dentro, en grandes espacios con divisiones minúsculas, hay individuos que parecen como sumergidos, comunicándose con cierto “más allá”; pasan un rato, y luego siguen con sus vidas. Mientras en cada casa, otros, se encierran con su teléfono o su PC.
Esto se parece poco a la “familia unida” inmigrante de principios del siglo veinte, o a la que disfrutaba alrededor de la radio en los cuarenta o se reunía para presenciar los programas de gran rating de la televisión de los sesenta. El actual es, en cambio, un fenómeno de vivencia individual, personal e intransferible.
Se trata de nuevos rituales de la posmodernidad, articulaciones culturales para amoldarnos a hábitos impuestos desde transformaciones tecnológicas de alta incidencia. Bienvenidos, entonces. Traten de no perderse estas cálidas ceremonias autistas con que ritualizamos hoy nuestra pertenencia a la clase media.

18.2.05

ES POSIBLE LUCRAR CON LA PROPIA NEUROSIS

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¡Cuánta energía derrochada en instrucciones inútiles, en caprichos sin sentido, en deseos una y mil veces insatisfechos! En realidad, si la neurosis no acudiera diariamente a nuestros hogares, muchos no sabríamos que hacer, nos sentiríamos desorientados , nuestras vidas -finalmente- carecerían de sentido. Es que, casi sin darnos cuenta, la neurosis colectiva, esa que bulle por la propia sinergia de tantas míseras acciones, esa misma es lo que nosotros solemos llamar “vida”.
¿Qué creen que es un coleccionista de cualquier cosa, desesperado por incorporar una pieza más de todo especímen de cualquier tipo, y por cuya propiedad es capaz de hasta vender a sus hijas?
¿Qué piensan que es esa actriz, empecinada en cumplir treinta o cuarenta años menos, confundiendo al espejo con el producto de sus sueños más queridos?
¿Qué opinan de mí, escribiendo gratis con la vana esperanza de que un día grandes masas de público me sigan sin resistencias y paguen fortunas por los best sellers que produzca?
Pareciera que hay un punto sin retorno en el camino de la fe y la esperanza del que ya ni duda. Entonces es cuando más diáfana y clara se hace la visión de la neurosis. Enfermedad propia de nuestro siglo, dolencia de alguna gente nerviosa o trasfondo a secas de todos los habitantes del planeta, suele tener o no buena prensa según de quién se trate o para qué se la cite.
Por ejemplo: si se trata del tema central de un congreso de psicología ¡todos estamos en nuestra salsa! O si sirve para citar a la materia prima de grandes autores como Woody Allen o Salvador Dalí: estructuralistas, lacanianos y semiólogos aportarán desde sus mochilas literarias todo el bagaje de un léxico que permite dar más lustre entre sesión y sesión.
Pero ¿nunca se han preguntado si sería posible la utilitarización de los recursos neuróticos? Mejor dicho: ante tanto derroche de energía primaria, se podría llegar a concebir un uso concreto, digamos como fuente energética? Si juntáramos a unos cuantos humanos en pleno ataque de histeria, y pudiéramos reorientarlos hacia la generación de algo positivo ¿no brindaríamos ayuda a la humanidad? Aunque sea para los pobres que piden ayuda por las calles, en el barrio...
Si en pleno ataque de caprichitos, a una doncella se la invitara a cocinar para la comunidad, ¿no estaríamos reorientando positivamente su energía hacia fines más útiles?
Media humanidad no ha logrado vencer sus chillidos, manías, fobias y obsesiones. Pero sí a veces olvidarse, otras esconderlas, y también hasta acostumbrarse. Los dos citados antes, precisamente -Allen, Dalí- lograron transformar sus obsesiones más evidentes en arte, y eso en ¡muchos dólares! ¿Qué tal? A lo mejor no lo habían visto antes con esa óptica. Es decir ¿querrá decir que, en algún lado, por alguna fórmula particular, uno puede convertir su neurosis en un material con el cual lucrar?
Parece que ejemplos como esos hay a miles, sólo basta detectarlos, acumularlos, mostrarlos como ejemplos.
En su momento, los grandes humoristas de la Argentina nacieron así: de Niní Marshall a Sandrini, de Marrone a Olmedo. No provenían del Olimpo teatral, sino del desborde que les provocaba en su propia personalidad la necesidad de expresarse de determinada manera, “como otro” o “como otros”.
Un humorista que atravesó varias generaciones de niños, Carlos Balá, se dedicaba a “hacerse el chistoso” en todos los transportes públicos, allá por la década de los cincuenta, y cuando lo cuenta es posible descubrir más las características de una autoterapia que el ensayo que estaba haciendo de una forma nueva de trabajo.
Fernando Peña, el humorista top del momento, hacía lo mismo como comandante de a bordo en una aerolínea: había inventado toda una gama de personajes en los que se encarnaba tan fácilmente como lo hace hoy, y con ellos sorprendía desde distintas voces a los pasajeros.
¿Cómo podrían ser catalogadas las estatuas vivientes? Un amigo mío dice que es una capacidad de autocontrol lograda a partir de las educaciones rígidas de ciertos padres que han obligado a sus hijos a considerar el “portarse bien y estar tranquilos” un modelo tan rígido que sólo les ha servido para trabajar bien como estatuas.
Pero todas estas podrían ser fácilmente catalogadas como “neurosis buenas”, porque en realidad son bastante funcionales para cualquiera. El problema son aquellas que terminan siendo poco aceptadas por la sociedad.
Y es bastante divertido mirar alrededor de uno, y ver las distintas manifestaciones de las neurosis personales que pudieron haber llevado a cada uno a formar sus propias profesiones.
Las modelos, por ejemplo, “prestan su cuerpo” para que paseen frente a un montón de gente, que las mira un rato cómo se vistieron. Es decir: cómo hicieron para ponerse la menor cantidad posible de ropa. Los strippers están a obligados, en cambio a desvestirse para un grupo de señoras algo excedidas de peso y que con la excusa de asistir a "despedidas de solteras" realizan en el fondo ceremonias simbólicas de reivindicación del papel de la mujer a través del tiempo.
Seguimos profundizando el absurdo de esta realidad contradictoria, en la que los farmacéuticos son expendedores de medicamentos que no deben ser vendidos librementes, los conductores de micros son quienes manejan omnibus macros, los chinos son dueños de supermercados, los taxistas son opinadores, los perros más grandes viven en departamentos cada vez más chicos. Una realidad que va cambiando, y en la que tendremos que acostumbrarnos a cuidarnos de expresar qué cosa son lo que son los travestis, porque si decimos que son hombres nos acusan de discriminadores, pero si decimos que son mujeres nos acusan de promotores del descontrol.
Recorrer la neurosis de nuestro tiempo es -siempre- trazar un fresco del drama de la vida, tal como la sospecharán apenas nuestros hijos y la deberán soportar nuestros nietos.

13.2.05

WHY ME?

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Al pie de esta página hay un ícono que representa uno de esos típicos gráficos de tendencia, obviamente con tendencia creciente. Si lo pinchan, entrarán en una página dedicada a contabilizar quiénes entran a las rarezas de vitali, por qué lo hacen, de dónde son, y otros datos interesantes.
He seguido estos resultados durante los últimos tiempos, y he notado que mi público ha variado de una manera curiosa. Durante los primeros siete meses los asistentes eran inevitablemente latinos. Y digo inevitablemente, porque un producto cultural originado en un país poco conocido y apenas surgido de las tinieblas del sur patagónico, mal puede atraer a los refinados internautas del resto del mundo.
De esta manera, argentinos, mexicanos y españoles constituyeron siempre el grueso de mis seguidores, encabezando el ranking y con la compañía menor de venezolanos, uruguayos, peruanos y chilenos.
Pero ¿qué pasó últimamente?
Los norteamericanos (o como les gusta decir a ellos: americanos, a secas) parece que en algún momento comenzaron a interesarse en Vitali. Empezaron a aparecer -misteriosamente- desde hace un mes escalando las cifras de audiencia y desde un cuarto puesto pasaron a estar terceros ¡y ahora están segundos, a sólo tres puntos de los lectores argentinos!
¿Qué hacen ahí? ¿Qué buscan?
Y como para calmar mi ansiedad subnormal, he decidido diseñar varias hipótesis:
1) Los norteamericanos, pioneros de la inteligencia trans-internet, descubrieron que "mi weblog da suerte" a quienes entran allí y leen los mensajes depositados. Es sabido que la idiosincracia media anglosajona es bastante supersticiosa, y por lo tanto basta que una de estas cosas se multiplique (como hoaxes y cadenas por email), para que todos la sigan.
2) Muy por el contrario, no descubrieron nada. No alcanzan a explicarse por qué hago esto, si no me deja un mísero dólar. Además, lo que la página está en un español rioplatense inentendible (1) no entienden nada de lo que digo y por eso entran una y otra vez para ver si de una vez por todas logran descifrar de qué se trata.
3) Aunque tal vez ya descubrieron que se trata de un error. Un lamentable virus contabiliza a parte de los navegantes de www.cnn.com como míos, y esto infla las cifras de mi weblog.
4) Una hipótesis muy buena es que los yanquis nunca pudieron resignarse a la abrupta muerte de Truman Capote o James Joyce. En la búsqueda de alguien que los reemplace, seguramente ya han pensado en mí. Es cierto que no escribo en inglés, pero bien podría probar...
5) Pregunto: ¿es totalmente casual que la abrupta mayor cantidad de gente que entra a este blog lo haya hecho simultáneamente con la nueva asunción de Bush?
6) Pero también me pregunto: ¿es totalmente casual que la mayor cantidad de internautas coincida con el estrellato creciente en USA que está teniendo Michael Moore?
Aunque: mejor no me ilusiono. Mientras discurrimos esto, millones de norteamericanos siguen engordando dentro de sus macdonalds, absolutamente ignorantes de qué son las rarezas de Vitali.
FOOTNOTE:(1) En Argentina se habla un idioma absolutamente inentendible para mucha gente de habla hispana. Si usted habla habitualmente otro idioma y cree entender algo de español le pronosticamos varios sufrimientos. Ahora: si no le preocupa no entender, olvídese.

11.2.05

EL SHOW DE LA NOTICIA

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En la actualidad pueden rastrearse vestigios de una sociedad oscurantista, que oculta cosas, que mantiene códigos represivos y conductas autoritarias. Y hay evidencias de actitudes ultraliberales, que se manifiesta sobre todo en cuestiones extrañamente permisivas, y en general convenientes para la recaudación de buen dinero.
De pronto recuerdo el esquema de “Gran Hermano” (1), en el cual se invita a gente a interactuar entre sí, abandonadas a las miserias de la convivencia forzosa, pero frente a millones de televidentes voyeuristas, dispuestos a descubrir qué pasa, en la búsqueda de mucha situación nueva. O los armados de nuevas parejas, en los cuales gente solitaria accede a abandonar aspectos de sus costados más íntimos para complacer a una audiencia masiva.
Hay como un límite que día a día se corre, un poquito más. Los reality shows nos pusieron frente a la posibilidad de conocer dramas humanos insólitos, que no ahorraron mostrar a gente reconociendo toda la problemática sexual que, finalmente, ya se puede pasar en toda su escala, a cualquier hora del día. Moria Casán (2) tuvo un programa en horas de la tarde que invitó a gente bastante particular: padres de familia ancianos que abandonaban a su familia detrás del albañil que vino a arreglar su casa, todas las gamas de infidelidades que se imaginen, incluyendo casos extraños, patológicos y relaciones múltiples, incestos y variedades afines.
En el correr límites seguimos. Ahora se ponen cámaras frente a los penales con motines y se muestra cómo los reclusos toman de rehenes a sus cuidadores, mientras los cortan en pedacitos on-line, o en vivo y directo como se decía antes.
No han encontrado –todavía- la forma de introducir la PNT (3) en estas instancias. Tal vez mientras se mide el rating segundo a segundo, se trata de establecer la estrategia necesaria para que el show de la realidad constituya en el futuro el nudo central de la televisión. Entonces no es utópico pensar que en medio de cualquier reality mediático se lleguen a repartir remeras con publicidad de cremas antihemorroidales, o que los protagonistas hagan declaraciones mencionando productos.
Por otro lado –bastante paralelo- corre “el show de la opinión”. Ahora se ha descubierto que a la gente le gusta opinar escandalosa o delictivamente, y que eso también mueve el rating. Esto es notorio sobre todo en radio, donde se invita al oyente a enviar su opinión de la realidad. Impunemente, las asustadizas señoras de la clase media delinquen invitando a matar a los delincuentes. ¿Estas señoras sabrán que la pena de muerte no es legal en la Argentina, y por tanto sus invitaciones a matar delincuentes las transforma precisamente a ellas en delincuentes en forma pública? Hay un principio jurídico básico que establece que nadie puede aducir que hizo algo por su desconocimiento de la ley, por lo tanto respondo sí: las señoras (y señores) que promueven la muerte masiva de delincuentes SON DELINCUENTES. Y esto no es teoría.
Es necesario que nuestro liberalismo encierra un “dejar hacer y dejar pasar” todo aquello que está dentro de los límites legales y de la buena convivencia. Pero la incitación al delito es un delito grave. Lo menos que se debe hacer, luego de difundir la opinión del oyente, es aclararle al que deja su opinión y a todos los escuchas de que debemos oponernos a la incitación al delito. Eso es legítimo liberalismo. El dejar hacer y dejar pasar, caso contrario, es ponerse del lado del incitador.
Es claro que en algunos medios tal cosa es clara, porque ellos ansían que, tarde o temprano, la pena de muerte sea legal. Y pasa también con algunos “comunicadores”, enrolados en el liberalismo de la parte económica, aunque no de la filosófica.
Cuando llega el verano, los medios quedan exhaustos de noticias, todos sabemos que pasa poco: hasta los chorros se borran. Entonces cualquier cosa que sucede durante el verano, sea un accidente o muerte de un famoso o la pelea de una vedette con su novio adquieren una trascendencia inusitada: todos fogonean la noticia hasta transformarla en un símbolo. Personajes insólitos han nacido de tal manera. Hubo un supuesto testigo en un sonado caso: un cartonero que, mientras hacía su trabajo de seleccionar residuos, declaró haber presenciado instancias importantes de tal caso. Como ven, nada del otro mundo: algo común. Pero la manera en que se presentó, fogoneó y mantuvo la noticia ¡llevó a la fama al hombre! Veinte años después de tal acontecimiento, el “Cartonero Báez” es parte del folclor argentino.
Los noticieros no suelen tener buen rating en la televisión de aire, a menos que sucedan conmociones. Hay canales que llegaron a no contar con ellos en algún momento de su historia. Vaya a saber por qué, en algunos momentos desean imponerlos y los suelen hacer con sangre y fuego. Y así es como se “showcean”. Este es uno de esos momentos: todo es show: la enfermedad del Papa, el casamiento del Prince Charles, la toma del Penal, la tragedia de Cromagnon, la muerte de Arthur Miller, las negociaciones de los bonos. Y los cientos de movileros (4) de todo el país, que se saben últimos orejones del tarro, tratan de obtener su minuto de gloria que los lleve a otra galaxia. Todos fogoneando la realidad para que la realidad les entregue primero fama, y luego dinero.
Y por favor: quédese en este canal, no se vaya que, después de una pausa, seguimos con el Show de la Noticia.
NOTAS PARA LECTORES NO-ARGIES:
(1) Gran Hermano es el título de un programa internacional que hace referencia al "Big Brother" de la novela "1984" de George Orwell. En ese programa se encerraba a un grupo de jóvenes, y se transmitía todo el día las instancias de sus desencuentros y encuentros.
(2) Moria Casán es una diva de los medios, de gran porte y –sobre todo- grandes mamas. Tuvo a su cargo la animación de un programa de televisión en el cual se convocaba a gente con problemas de convivencia que, frente al público exhibían sus problemas tal cual si estuvieran frente a un juzgado.
(3) PNT quiere decir Publicidad no Tradicional, y son todos los recursos publicitarios que se insertan dentro de los bloques de un programa de televisión. Están de moda desde hace unos años, sobre todo a partir que dejaron de estar prohibidos. De esta manera es común que dentro de esquicios dramáticos un personaje diga como al pasar una marca de mayonesa o la oferta del día en un supermercado, imitando la realidad.
(4) En Argentina se denomina "movilero" al periodista que, con un micrófono, suele correr a los protagonistas de las noticias (o supuestas noticias, o supuestos protagonistas) con mil y una preguntas que van de lo indecoroso a lo improcedentes. Un show -en sí mismo- del mayor bizarrismo.

5.2.05

AVISO PUBLICITARIO

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En La Familia de Vitali hoy hay una nueva nota. El link ANDA YA A LEER te lleva. Gracias.

3.2.05

NO ME PEGUEN, SOY VITALI

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(El de la fotito es Giordano, nuestro ejemplo)

En Argentina, mucha gente quisiera a toda costa alcanzar esos “quince minutos de fama” que nos prometiera a todos el ex-artista plástico y ex-humano Andy Warhol. Claro que, cuando se fantasea con la fama, se la imagina uno instalándose “para bien”; esto es para pasarla bomba, placenteramente. Es decir: ser famosos y gracias a eso recibir buena paga, contratos millonarios, éxitos, fama y gloria.
Como bien sintetizara aquel famoso peluquero: “no me peguen, soy Giordano”.
Esta frase encierra una historia particular, que en honor del público no-argie voy a relatar: un conocido peinador de chicas lindas solía ser habitué en los encuentros de su equipo de fútbol favorito. Cultivador acérrimo de un alto perfil profesional (es tan famoso que no puede evitar ser identificado a toda hora en cualquier lado), ha corrido el riesgo de ir a los estadios presuponiendo tal vez cierta inmunidad dada su fama. Pero sabido es que el fanatismo deportivo suele ser ignorante de tales racionalidades, con lo cual a la hora de descubrir al famoso, utilizaron precisamente tal cualidad para llevarse los lauros de castigar tal fama y contar luego “le pegamos a Giordano”.
En el preciso instante de la golpiza, el famoso peinador adujo aquella frase que ha quedado en el historial argentino: no me peguen (porque) soy Giordano. En la suma de frases curiosas nacionales, suena tan pintoresca como “la casa está en orden”, “el que apuesta al dólar pierde”, “entre liberación o dependencia, nosotros elegimos dependencia”, “hay que dejar de robar por dos años”, o “se viene el zurdaje” (aunque todas estas provengan de un área tanto más curiosa en Argentina: la política).
En el imaginario popular, la fama es buena, y como creía Giordano, daría cierta inmunidad cuanto impunidad.
¿Qué pasó por la cabeza del peinador al momento de ametrallar con su invocación pacifista? Podemos imaginar que algo así como ¿cómo me van a pegar, si soy famoso?
Sin embargo, la fama es exactamente lo contrario, y conlleva en sí un proceso contradictorio. Así como es difícil para quien no lo es entender la dialéctica del masoquista (“me siento feliz si sufro”), parece haber una legión de gente persiguiendo famosos para pegarles, destruirlos o sencillamente destrozarlos. O para contagiarse tal vez su fama, al coexistir con ellos, como es el caso de los movileros de la televisión. Existe toda una teoría sobre la personalidad de los magnicidas, que relumbró en épocas de pretender desmenuzar la causa de fondo del asesinato de John Lennon, allá por los ochenta.
Durante varios días, toda la oposición está tratando de derrumbar al jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, con todo tipo de argumentos. Oportunismo, envidia o razones fundadas, o todo eso junto y más... Existen curiosísimos programas de televisión y radio (ahora también lugares en internet) dedicados a detectar puntos débiles de gente famosa y destruirlos. En primer lugar, los políticos, cada vez más vulnerables desde que se elaboró el nihilista principio que se sintetiza en “que se vayan todos”. En privilegiado segundo lugar los actores, actrices y modelos, en tercer lugar los deportistas.
En Argentina, una profesión que rinde bastante (y más si uno llega a ser famoso por “sacarle el cuero” a los famosos) es la de cronista de la vida privada de actores, playboys, políticos, vedettes, deportistas y gente exhibicionista en general. Desde larga data se practicó el “chisme” profesionalizado en el periodismo, con figuras clave que imitaban a las grandes chismosas del periodismo más amarillo norteamericano, con figuras supuestamente simpáticas como la “Tía Valentina” o Mendy. Leer una nota de ellas de la década que va del 50 al 60 es como penetrar en un inocente cuento de Andersen: sus acusaciones de entonces no podrían sonrojar ni a un alumno de jardín de infantes.
A partir del 60 la cosa cambia. A una paulatina liberalización de las costumbres sociales, va modificándose la forma de atacar a los famosos haciéndolos lucir sus lados débiles, al pretender destapar sus cuestiones ocultas, y mostrar el costado que el lector o televidente sospechaba, buscaba o querría conocer. Es la gloria del periodismo especializado en chisme, en manos de un experto uruguayo: Lucho Avilés. Un periodista de ley, con todas las letras: que lograba manejar una técnica depurada al captar y cultivar la contradicción de cada famoso “que preferiría no serlo”.
La histeria a la que necesariamente se encuentra esclavizado el famoso, le impide detener el negocio del chisme. Un actor de Hollywood hizo famosa la frase “que hablen de uno, mal, pero que hablen de uno” como la quintaesencia y clave de la actividad de la actuación. Y más de un representante (creo que todos) han utilizado el concepto como punta de su know-how para volver prestigioso a cualquiera.
¿Alguien puede imaginarse a un Maradona desconocido? ¿a una Madonna de perfil bajo? ¿a un Michael Jackson sin una caterva de paparazzis pegado a sus lugares de tránsito? ¿Qué sería de ellos si por una cuestión hoy impensada dejaran de ser prestigiosos? ¿Caerían en una depresión post-fama?
“La fama tiene su precio” aducen quienes creen descreer o huir del reconocimiento social, y se tratan de esconder tras el cultivo del “perfil bajo”. Mirta Legrand, quien confesó que cuando vivía al lado de la vía del tren, en Barrio Parque, solía asomarse al patio para “que sus admiradores pudieran saludarla desde las ventanillas de los trenes”, cuenta que cuando recorre como turista otros países “percibe el placer de no ser reconocida” y llega a contarles a los sorprendidísimos extranjeros “usted no sabe qué famosa soy en mi país”. O sin ir muy lejos, los problemas de Reutemann para correr su auto de fórmula uno por los dolores en el cuerpo, producto de los pellizcones que le brindaban sus enfervorecidas admiradoras a la entrada del Autódromo.
Es que hay una contradicción permanente y casi irresoluble, que parecería sintetizarse en la frase “me gusta ser famoso, pero yo quisiera diseñar cómo debe ser la práctica real de esa fama”.
Cuenta un periodista argentino que presenció el archihistórico recital de Los Beatles en New York en los sesenta, que lo más impresionante era el fuerte olor que despedían cientos de mujeres orinadas encima: un subproducto impensado de la fama. Esa misma fama que terminó para siempre con la exhibición pública de la banda pop británica: sus admiradores gritaban tanto que ni ellos mismos se podían seguir en sus cantos.
Así que sería bueno reflexionar sobre el tema. Todos estos chicos que pelean por ser cantantes famosos deberían ser asesorados sobre lo que les espera: en cuanto los conozcan y reconozcan, habrá terminado su paz.
¿Ustedes piensan que si sigo escribiendo estas cosas, podré alcanzar yo mismo la fama?