LAS CEREMONIAS AUTISTAS DEL SIGLO VEINTIUNO

Internet ha acelerado lo que durante mucho tiempo se calificó como “brecha generacional”. Es así como algunos padres (y muchos más abuelos) han quedad bastante apartados de sus descendientes a partir de una serie de adminículos vinculados o asociados a los "procesadores", esa maravilla que hoy mueve la realidad desde dentro de cada computadora. La mayoría de estas máquinas se miniaturizaron definitivamente en la década del 80, y desde el primer momento contaron para su uso con el apoyo irrestricto de las jóvenes generaciones, pero han sido bastante resistidas por sus mayores.
Los ochenta nos trajeron a las PC tal cual las conocemos hoy, y luego se fueron generando una serie de sucedáneos como laptops, notebooks o palmtops. Desde el Atari al Play Station las tecnologías de juegos electrónicos han surcado un increíble terreno. Del joystick al mouse, de los kilobytes a los gigabytes, del teléfono "propio" como ambición familiar imposible al manejo de los teléfonos celulares personales guardados hasta en las mochilas de los chicos. De los videograbadores al DVD y los home center, el compact, los grabadores de CD, Internet y sus downloads de cosas inimaginables gratis o pirateadas, pagadas por tarjeta de crédito, u operadas en un segundo por CBU desde un teclado.
En muchos casos por negación, en otras por empecinamiento u oscuros principios, hay un par de generaciones que le dieron la espalda al fuerte avance de la tecnología electrónica de las últimas dos décadas. Pero al igual que sucedió con el cine en su momento, la radio y la televisión luego, la literatura que circula hoy en Internet sufre un descrédito por parte del mundo literario tradicional.
Si se detienen a observar todas las publicaciones periodísticas literarias más importantes del último año, observarán la negación e ignorancia con que tratan a los nuevos medios. Ni las páginas web, ni los weblogs son considerados recursos de peso, a pesar de ser la nuestra una sociedad en la cual ya toda una generación casi lo único que lee es lo que circula por la red, y en muchos casos si sumamos el resultado de los e-mails, messengers, foros y chats es altamente probable que nuestros chicos estén leyendo y escribiendo mucho más que sus padres.
¿Que se trata de material bizarro? ¿Que lo que se produce en internet no podría catalogarse como literatura, y mucho menos como material serio? Mejor que los críticos tengan mucho cuidado en valorar algo de las dimensiones de lo que se está produciendo: revoluciones mucho más chicas sucedidas en el pasado en el arte, la cultura y las costumbres han producido más cambios fundamentales en la vida del hombre.
Si observan con detenimiento, notarán que Internet permite una labor de escritura sumamente independiente, casi autista, aparentemente escindida de patrones, editores o mecenas de toda laya. Mejor dicho: todas esas funciones han sido reemplazadas por una “cadena” provista por las nuevas tecnologías, en la cual son eslabones de importancia los programadores, los proveedores de servicios, el recurso internet, y las multinacionales que absorben grandes proporciones del negocio, como Intel, Microsoft (con recursos como Windows, Explorer y Hotmail), Google (con Blogger y Picasa) y Yahoo.
Para los que escribimos, me da la impresión que hay algo que está cambiando, y mucho. En el terreno de la simple difusión de las ideas, como ven, las modificaciones son bastante sensibles. Yo mismo estoy publicando esto en un medio que trasciende de una manera inmediata y práctica, con gran economía de recursos.
Todas las últimas generaciones de pensadores, ¿percibirán cómo las nuevas prácticas que surgen de Internet exceden ya los marcos teóricos y resultan bastante poco explicativos de los nuevos fenómenos? Aunque supongo que muchos humanistas estarían muy felices con las propuestas reiteradamente anárquicas que surgen de la red. ¿Se imaginan qué opinaría Freud? (al Doctor le han asignado con el tiempo tantas ideas extemporáneas, que una más no le debería incomodar). El papel que ocupa el sexo en Internet es en sí un nuevo lugar para identificar la cultura de nuestro tiempo, y sería interesante tener una visión psicoanalítica que aportara una interpretación más clara de qué hace allí, a quienes les es más útil y redituable.
Pero la pregunta del millón es ¿hasta donde deberíamos revisar todos nuestros preconceptos a la luz de una realidad tecnológica como la actual? Creo que, aun a regañadientes, muchas viejas estructuras de poder van entregándose ante la contundencia de un avance que hoy posee incidencia diaria en todo: desde las pequeñas cosas cotidianas hasta las grandes decisiones universales. Y que no sólo modifican las cuestiones externas: nos cambian en nuestra manera de sentir, ver y pensar. Y ya nos cambiaron definitivamente los hábitos.
Posiblemente todavía nadie haya trazado un estudio muy serio del significado del teléfono celular en nuestras vidas, y muchas de las preguntas más interesantes al respecto siquiera se hayan formulado seriamente. Pero, a manera de kamikazes probaremos ensayar algunas: ¿en qué puntos es realmente nocivo (física, cultural o socialmente) su uso?, ¿en qué aspectos nos está modificando (en los hábitos, en la salud, en mejorar)? ¿hasta dónde interviene e interfiere en nuestra vida llevar en la cintura permanentemente una máquina con video, fotografía y grabador, televisión y teléfono, calculadora y juegos, agenda e internet (más todas las cosas inimaginales que le seguirán agregando).
Una de las grandes problemáticas de cómo se prefigura el futuro es la invasión de la privacidad a la que aluden muchos teóricos que combaten los recursos tecnológicos en boga en nuestra época. Y esa es otra pregunta: ¿son tales recursos realmente "tan" invasores?
Tarjetas de crédito y débito que son leídas en el momento de nuestra compra, pagos por cajeros, por internet o por teléfono, números únicos identificatorios que, unidos, pueden establecer rápidamente quién sómos, dónde estamos, que consumimos, qué hacemos. Datos acumulados en shoppings, supermercados y grandes empresas en general, que trazan en instantes perfiles capaces de establecer fielmente qué nos gusta, qué usamos, de qué somos potenciales usuarios, consumidores o necesarios dependientes...
Todo esto carece, sin embargo, del terror de ciencia ficción que encerraba la "Metrópolis" de Fritz Lang o la "1984" de George Orwell (film y novela en las que el fantasma del dominio totalitario semeja la vida futura del hombre a un regreso a la esclavitud). Tal vez sea una realidad más similar a la del "Brazil" de Terry Gilliam o a "La Naranja Mecánica" de Stanley Kubrik, en las que las relaciones del hombre quedan sujetas en el futuro a vinculaciones menos simplistas pero más sofisticadas. O, como pensaba Foucault, puede que el poder real no esté tan en manos de una institución o estructura concreta, sino en situaciones estratégicas mucho más complejas dentro de la sociedad.
¿Alguien se dio cuenta que, cada vez, hay más gente hablando por teléfono alrededor de uno, operando sus palmtops o notebooks? ¿Que no están conectados con la realidad inmediata sino con una más lejana, más allá, que tal vez se esté insertando ante nuestros ojos en otro medio no presencial o virtual? ¿Alguien sabe qué significa tanta gente aparentemente junta pero no interactuando sino con otros contextos?
Mientras tanto, alrededor nuestro, cada día pareciera abrirse un nuevo locutorio, cibercafé o espacio con internet. Allí dentro, en grandes espacios con divisiones minúsculas, hay individuos que parecen como sumergidos, comunicándose con cierto “más allá”; pasan un rato, y luego siguen con sus vidas. Mientras en cada casa, otros, se encierran con su teléfono o su PC.
Esto se parece poco a la “familia unida” inmigrante de principios del siglo veinte, o a la que disfrutaba alrededor de la radio en los cuarenta o se reunía para presenciar los programas de gran rating de la televisión de los sesenta. El actual es, en cambio, un fenómeno de vivencia individual, personal e intransferible.
Se trata de nuevos rituales de la posmodernidad, articulaciones culturales para amoldarnos a hábitos impuestos desde transformaciones tecnológicas de alta incidencia. Bienvenidos, entonces. Traten de no perderse estas cálidas ceremonias autistas con que ritualizamos hoy nuestra pertenencia a la clase media.









