FEELINGS
En la antigüedad (en algunas sociedades, lugares, tiempos) casi no existía forma de que dos personas que se deseaban pudieran consumar tal hecho si no se cumplían ciertos requisitos. Primero y fudamental: que esa unión fuera aceptada por la familia. Y para que eso ocurriera debían darse muchos otros requisitos: que fueran de la misma casta, de distinto sexo, de igual raza y, en fin... que encajaran en cierto plan social bastante rígido.
¿Qué quería decir esto? Que si dos personas tenían “la desdicha” de enamorarse cuando “no correspondía”, deberían –además- sufrir bastante.
Hay ríos de literatura -tangos y boleros incluidos-, por no mencionar a los trovadores, el romanticismo, el teatro y la ópera.
Pero los chicos que hoy circulan por la internet –mis potenciales lectores- no pueden ni imaginar siquiera que no está muy lejano el tiempo en que a mucha gente joven se le ordenaba de qué tenían que trabajar (y/o estudiar), en qué debían creer, pensar, opinar (votar) y con quién debían casarse (única opción válida para un encuentro sexual legítimo).
Esta particular decisión exógena al individuo de realizar una de las acciones más privadas de que se tenga cuenta (la práctica sexual personal), trajo aparejado con el tiempo un muy curioso tratamiento cultural de lo que se da en llamar “sentimientos”. Es que por siglos y siglos al ejercicio de los sentimientos personales se los tiende a confundir con el “sentido de la propiedad”. De ahí que los celos tengan gran entidad en nuestra sociedad.
Hasta hace bastante poco tiempo, una chica en determinado momento cambiaba –nada menos que- de identidad con sólo casarse. Veamos un ejemplo.
Liliana María García (Liliana igual que la heroína de una película, María por su mamá y por la vírgen, García por el apellido de papá y el abuelo) se casaba con Juan José Pérez. Desde ese momento pasaba a ser Liliana María García de Pérez, o en síntesis “la señora de Pérez”.
Y para completar ese cambio, su marido solía obligarla a abandonar todos sus hábitos, estudios y trabajo y “vivir para él”. Esto era: cocinarle, lavarle la ropa, arreglar y limpiar la casa y asistirlo en general: procrearle hijos a los que a su vez debía “criar” por completo.
Está bien: este esquema tradicional tenía sus compensaciones: el hombre debía “salir” a trabajar y traer dinero, obra social y recursos generales como pensar, dar seguridad, generar más recursos, en fin: gestionar.
Pero: qué era lo que generaba semejante transformación: los sentimientos. “Lo hice por amor” ha sido una frase que ha justificado cientos de aberraciones.
Pero el lector ahora se pregunta: ¿a dónde quiere ir a parar este vil weblogero? Todos nos enamoramos, todos amamos, todos hemos blandido nuestros sentimientos...
Pues bien: ¿qué llevaba a Liliana a desear, hacer y disfrutar de semejante transformación, que lo único que le aseguraba era que nunca iba a dejar de ser la “señora de”? ¡La legalización social de su legítima calentura de mamífero! (créase o no)! Estaba implícito que si respondía como debía a sus necesidades interiores sin casarse, caía en una oscura zona social y corría el riesgo de ser “una solterona”, una categoría en la que se mezclaría con una serie detestable de mujeres deshauciadas.
Lo interesante de analizar el hecho de que la “Señorita García” transmutaba en “Señora de Pérez” era esa propiedad implícita que pasaba a tener con respecto al Sr. Pérez.
Pero hay algo más interesante todavía: de la manera que se establecen los sentimientos, siempre se implica en la relación un sentido de propiedad. Y lo hay tanto en la propiedad unívoca como en la colectiva: en un harem hay un dueño y todas las esposas son sus propiedades: eso implica poder.
Pero: ¿son los sentimientos un tabú? ¿Se debe tener, expresar y comparar sentimientos en base a moldes socialmente aceptables? ¿Es posible lo contrario?
Las relaciones entre los seres humanos son relaciones de poder: por encima de cualquier otro valor. Los sentimientos expresan de una manera “válida” tal poder. Y ocultan, al fin y al cabo, algo que horroriza a los estados, las religiones y el poder: la mera sexualidad humana.
Dado que el poder regula también la intensidad y ocasión (cómo cuando dónde a quien) de los sentimientos, es impensable lo contrario.
Como ven, llegamos casi sin querer a una definición de sentimiento como tabú. Desde chicos nos entrenan a quién, como cuando y donde querer. ¿O a vos nunca te dijeron algo así como “tenés que querer a tu primo” o “dale un beso a tu tía Enriqueta” o “tenés que ir al cumpleaños de tu abuela”?... ¿O no es así como resulta que un día aprendimos a querer?
Ayer me llegó un hoax con el adjunto de un PPS famoso: el del mago David Copperfied: que incluye una prueba de naipes en la cual uno siempre elige la carta que el mago hace desaparecer. Este hecho inexplicable para cualquier mortal, fue aprovechado por el último que retocó el PPS para agregar que si no sigues la cadena ¡te vas a morir en el término de una semana!





