UNA REALIDAD DE CARTÓN
Nos toca vivir una Buenos Aires desacralizada, donde las cosas ya no se disimulan y todos ven la realidad desnuda palpándola ahí nomás.
Así como debemos tolerar a cientos de ciudadanos y sus mascotas, los motores y sus nubes de smog, los piqueteros y sus cortes de calle inesperado, la gente intolerante y sus opiniones comedidas, también nos acostumbramos a convivir con homeless, limosneros, chicos vendedores de cositas, abandonados de la suerte, tal cual sucede hoy en otras grandes ciudades del planeta tierra.
Y desde cada mediatarde, han quedado incorporados definitivamente al paisaje porteño los "cartoneros", que en realidad ya existían de siempre con el curiosísimo nombre de "cirujas". Nos referimos a congéneres cuya actividad principal es tratar de conseguir materiales que fueron descartados por la comunidad y que pueden ser reciclados para revender. Aunque a los soberbios argentinos nos guste tener prioridad en muchas cosas, en este caso no sólo no son exclusivos del paisaje nacional: diríamos que llegamos algo tarde a una actividad de alta rentabilidad en el resto del mundo.
¿Qué por qué se les puso el curioso nombre de "cartoneros"? Porque el cartón es bastante reciclable, y pasó para ellos a ser el material más buscado: lo reducen rápidamente a compradores que a su vez lo reprocesan para revender en la industria.
Las reiteradas crisis argentinas con su revulsivo correlato de desempleo, han volcado a grandes napas sociales de menor calificación a la circulación por la city buscando cartones abandonados por los que consumen los contenidos y desechan su envase.
Esta semana Buenos Aires fue conmovido por una historia de amor digna del celuloide hollywoodense (con Wynona Ryder y Brad Pitt, por ejemplo). Ella, una chica menor de edad de la pequeño burguesía con pretensiones y fuerte inserción social, él un cartonero. ¿Un nuevo capítulo de un "Romeo y Julieta", repetido hasta el cansancio en la ficción y la realidad? Aunque no lo quieran creer: ¡SIIIIIIII!
Vamos por partes, a contar la particularidad de cada protagonista, en este orden:
1) Qué es una adolescente mujer, en la clase media argentina con pretensiones de ascenso social.
2) Qué es un adolescente varón, cartonero.
3) Papel de los padres en esta historia íntima, que no sería mayormente escandalosa sino fuera un fantasma que envuelve a gran parte de los integrantes del juego social argentino (como la inseguridad, el desempleo, la pobreza).
El futuro de una adolescente mujer ya no depende de un hombre al que se deberá casar (en parte por la brecha hacia la definitiva independencia que sigue trasponiendo toda mujer, en parte porque ya casi poca gente practica el antiguo hábito del casamiento). Así es como los padres se ven obligados a pensar que el futuro de esa chica ¡sólo podrá lograrse a través del estudio! Y aunque sabemos hasta el cansancio que sólo cerca de un 30% de la población es afín al estudio de la manera clásica, la educación de los adolescentes sigue dirigida a obligarlos a estudiar. A nadie -todavía- se le ocurrió desarrollar algo sustitutivo. Por lo tanto el amor de los padres estará dirigido a presionar hasta lo indecible para que estudien (las frases más conocida por ellos es algo así como "estudiá o te cago a palos", "cuando seas grande me lo vas a agradecer", etc.).
Entre los principales fantasmas que sigue persiguiendo todo padre de clase media es el horror de que la futura pareja del hijo/a sea "menos" que su hija. Esto los trastorna, y en muchos casos producen inevitablemente el fenómeno del que pretenden huir.
El que está trabajando de cartonero es alguien que quedó fuera del plano laboral, "y se las arregla como puede". Para quien no tiene mayores recursos por falta de curriculum (background como dicen los americanos muy alfabetizados), ese parece ser hoy el destino de cientos de argentinos.
Y para muchos adolescentes sin prestigio, sin mucha escolarización y con energías suficientes ser cartonero es algo así como un horizonte brillante: una bendición.
Una chica "pensada familiarmente con Harvard como destino" no debe ni puede enamorarse de un chico en esas condiciones. Esto se ha visto hasta el cansancio en los melodramas del cine mexicano, en los teleteatros venezolanos, peruanos y colombianos. Y según del lado del cual estén los autores, todo terminará con una gratificación para el invasor y un viaje a Europa para el transgresor.
Casi como el tabú del incesto en la tragedia griega, cientos de lágrimas han sufrido televisivamente por este otro tabú incontrolable de impedir que se mezclen las razas, los sexos y las clases sociales.
¿Y qué me dicen de los padres?
Una muy interesante situación se produce con los padres, absolutamente olvidados de sus propios pareceres, intereses y sentimientos de cuando tenían la misma edad que sus hijos. Hay que recordar que los que son padres de estos hijos son los de la generación del mayo francés en Europa, la revolución cultural en Asia, los movimientos anticolonialistas en Africa, las guerrillas en América, que fueron el marco para trasgresiones como el happening, el hippismo, la música pop y el rock'n roll, la antipsiquiatría y la libertad sexual, woodstock, hasta la minifalda y la moquini, y cientos de miles de actividades transgresoras que rompían casi diariamente las siestas provincianas y que volvían locos a nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos.
Todos estos revolucionarios jubilados prefieren olvidar y más bien reconocer "qué equivocados estuvieron". En un reportaje hecho a un famoso guerrillero de los setenta devenido empresario en la revista trespuntos, declaró que no había contradicción entre aquello que había hecho y su nueva actividad, ya que él había perseguido el éxito y ahora lográndolo en otro terreno demostraba que estaba originado en una generación brillante, a la que pertenecía.
No quisiera despedirme sin mostrar mi solidaridad con todos aquellos que pueden vivir igual a pesar de la fuerte presión de un medio ambiente jodido, ilógico y -siempre- egoísta.





