31.8.04

UNA REALIDAD DE CARTÓN

(vitalivuelve@hotmail.com)
Nos toca vivir una Buenos Aires desacralizada, donde las cosas ya no se disimulan y todos ven la realidad desnuda palpándola ahí nomás.
Así como debemos tolerar a cientos de ciudadanos y sus mascotas, los motores y sus nubes de smog, los piqueteros y sus cortes de calle inesperado, la gente intolerante y sus opiniones comedidas, también nos acostumbramos a convivir con homeless, limosneros, chicos vendedores de cositas, abandonados de la suerte, tal cual sucede hoy en otras grandes ciudades del planeta tierra.
Y desde cada mediatarde, han quedado incorporados definitivamente al paisaje porteño los "cartoneros", que en realidad ya existían de siempre con el curiosísimo nombre de "cirujas". Nos referimos a congéneres cuya actividad principal es tratar de conseguir materiales que fueron descartados por la comunidad y que pueden ser reciclados para revender. Aunque a los soberbios argentinos nos guste tener prioridad en muchas cosas, en este caso no sólo no son exclusivos del paisaje nacional: diríamos que llegamos algo tarde a una actividad de alta rentabilidad en el resto del mundo.
¿Qué por qué se les puso el curioso nombre de "cartoneros"? Porque el cartón es bastante reciclable, y pasó para ellos a ser el material más buscado: lo reducen rápidamente a compradores que a su vez lo reprocesan para revender en la industria.
Las reiteradas crisis argentinas con su revulsivo correlato de desempleo, han volcado a grandes napas sociales de menor calificación a la circulación por la city buscando cartones abandonados por los que consumen los contenidos y desechan su envase.
Esta semana Buenos Aires fue conmovido por una historia de amor digna del celuloide hollywoodense (con Wynona Ryder y Brad Pitt, por ejemplo). Ella, una chica menor de edad de la pequeño burguesía con pretensiones y fuerte inserción social, él un cartonero. ¿Un nuevo capítulo de un "Romeo y Julieta", repetido hasta el cansancio en la ficción y la realidad? Aunque no lo quieran creer: ¡SIIIIIIII!
Vamos por partes, a contar la particularidad de cada protagonista, en este orden:
1) Qué es una adolescente mujer, en la clase media argentina con pretensiones de ascenso social.
2) Qué es un adolescente varón, cartonero.
3) Papel de los padres en esta historia íntima, que no sería mayormente escandalosa sino fuera un fantasma que envuelve a gran parte de los integrantes del juego social argentino (como la inseguridad, el desempleo, la pobreza).

El futuro de una adolescente mujer ya no depende de un hombre al que se deberá casar (en parte por la brecha hacia la definitiva independencia que sigue trasponiendo toda mujer, en parte porque ya casi poca gente practica el antiguo hábito del casamiento). Así es como los padres se ven obligados a pensar que el futuro de esa chica ¡sólo podrá lograrse a través del estudio! Y aunque sabemos hasta el cansancio que sólo cerca de un 30% de la población es afín al estudio de la manera clásica, la educación de los adolescentes sigue dirigida a obligarlos a estudiar. A nadie -todavía- se le ocurrió desarrollar algo sustitutivo. Por lo tanto el amor de los padres estará dirigido a presionar hasta lo indecible para que estudien (las frases más conocida por ellos es algo así como "estudiá o te cago a palos", "cuando seas grande me lo vas a agradecer", etc.).
Entre los principales fantasmas que sigue persiguiendo todo padre de clase media es el horror de que la futura pareja del hijo/a sea "menos" que su hija. Esto los trastorna, y en muchos casos producen inevitablemente el fenómeno del que pretenden huir.
El que está trabajando de cartonero es alguien que quedó fuera del plano laboral, "y se las arregla como puede". Para quien no tiene mayores recursos por falta de curriculum (background como dicen los americanos muy alfabetizados), ese parece ser hoy el destino de cientos de argentinos.
Y para muchos adolescentes sin prestigio, sin mucha escolarización y con energías suficientes ser cartonero es algo así como un horizonte brillante: una bendición.
Una chica "pensada familiarmente con Harvard como destino" no debe ni puede enamorarse de un chico en esas condiciones. Esto se ha visto hasta el cansancio en los melodramas del cine mexicano, en los teleteatros venezolanos, peruanos y colombianos. Y según del lado del cual estén los autores, todo terminará con una gratificación para el invasor y un viaje a Europa para el transgresor.
Casi como el tabú del incesto en la tragedia griega, cientos de lágrimas han sufrido televisivamente por este otro tabú incontrolable de impedir que se mezclen las razas, los sexos y las clases sociales.

¿Y qué me dicen de los padres?
Una muy interesante situación se produce con los padres, absolutamente olvidados de sus propios pareceres, intereses y sentimientos de cuando tenían la misma edad que sus hijos. Hay que recordar que los que son padres de estos hijos son los de la generación del mayo francés en Europa, la revolución cultural en Asia, los movimientos anticolonialistas en Africa, las guerrillas en América, que fueron el marco para trasgresiones como el happening, el hippismo, la música pop y el rock'n roll, la antipsiquiatría y la libertad sexual, woodstock, hasta la minifalda y la moquini, y cientos de miles de actividades transgresoras que rompían casi diariamente las siestas provincianas y que volvían locos a nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos.
Todos estos revolucionarios jubilados prefieren olvidar y más bien reconocer "qué equivocados estuvieron". En un reportaje hecho a un famoso guerrillero de los setenta devenido empresario en la revista trespuntos, declaró que no había contradicción entre aquello que había hecho y su nueva actividad, ya que él había perseguido el éxito y ahora lográndolo en otro terreno demostraba que estaba originado en una generación brillante, a la que pertenecía.
No quisiera despedirme sin mostrar mi solidaridad con todos aquellos que pueden vivir igual a pesar de la fuerte presión de un medio ambiente jodido, ilógico y -siempre- egoísta.

27.8.04

ENVEJECER EN PLENA JUVENTUD

Antes la gente envejecía, y sus bienes envejecían con ellos. Mi abuela se jacta de conservar su heladera Siam Sello de Oro de fines de la década del cuarenta, que aún funciona bastante bien. Como el Di Tella 1500 (1) de mediados de los sesenta que conserva mi tío Carlos, y que asegura seguirá usando mientras viva su mecánico.
Mi abuela y mi tío son ejemplos vivientes de que antes la gente envejecía junto con sus cosas. Claro que una de las razones de tamaña supervivencia era que construían las cosas para que duraran el resto de la vida, porque desde el punto de vista comercial la perennidad era una de las fortalezas principales que tenían los argumentos de venta. La gente compraba las cosas para el resto de su vida. Cualquier objeto que se investigue fabricado en el pasado lo demuestra: abundaba en sus partes vitales materiales resistentes como estaño, níquel, bronce, acero y hierro. Todos hoy suplantado por los plásticos, el aluminio y las piezas descartables.
Y como resultado de aquel sentido de pervivencia histórica que tenían los fabricantes de por entonces, hoy es posible usar ciertos objetos que no hayan sido expuestos a usos abusivos. Y mi abuela puede vivir bien contenta con todos sus adminículos que adquiriera tiempo ha, predispuesta a usarlos toda la vida.
No es un tema nuevo: desde hace mucho los teóricos sociales plantean esta etapa de la vida como la de la "obsolescencia planificada", en la cual un nuevo producto se lo diseña y fabrica pensando en por qué y cuándo el usuario debería cambiarlo. Tambien hablan de la tortuosidad de las "killer applications" (aplicaciones asesinas) que ya cuando son desarrolladas se sabe que están destinadas a matar inexorablemente a otras (la computadora personal mató a varias: desde la máquina de escribir y el télex hasta la primera generación de Atari y está por matar al fax; la telefonía celular absorbió y relegó a los pagers, la digitalización de imágenes empezó matando a la industria del celuloide -fotografía tradicional, radiografía, etc.-, y está por dar su golpe final al videocasette antes de destruir definitivamente al cine).
¿Es que cambió el sentido que cultural y originalmente tenía el concepto de vejez?
Las definiciones de vejez, antigüedad y obsolescencia han cambiado radicalmente a partir de la popularización de las computadoras personales, un terreno en donde es viejo cualquier fierro de más de dos años. Y si pasaron más de tres, es muy posible que ni siquiera sirva para conectar a otra máquina nueva. Tengo un modem (el más envidiado por mis amigos en 1999) que no pude utilizar en mi nueva máquina del 2003 porque -a pesar de seguir siendo muy útil y poderoso en su configuración- no tenía manera de conectarlo en el nuevo mother. Pero había algo peor: ya tampoco me servía mucho un modem para conexión telefónica, porque había ya optado por utilizar ADSL.
Nadie que hoy tenga entre 10 y 30 años, ha envejecido con sus cosas, tal cual pudieron hacer mi abuela de 85 y mi tío de 63. Yo ni siquiera tengo idea qué fue de mi Atari o mi Commodore 64, mi primer walkman (aunque creo que "lo gasté"), mi 486 o mi Pentium 100. Y nada de esto me preocupa demasiado, porque realmente percibo que su total obsolescencia ha sucedido de una manera absolutamente inevitable.
Vuelvo al ejemplo de la obra televisiva "Marty", escrita para representarse en vivo en la precaria televisión de los cincuenta. Allí una tía del protagonista se queja de ser una "anciana de cincuenta años". Es que todavía por entonces gran parte de las mujeres, en una sociedad que las definía girando alrededor del destino del hombre, dejaban de tener mucho sentido al cruzar el margen de su capacidad reproductiva. Las cincuentonas estaban para ser abuelas y apenas poco más.
A la inversa del envejecimiento de los artículos que señalábamos arriba, el envejecimiento humano entró en una corriente en contra.
Pero sobre esto no debo ni voy a abundar: es el leit motiv del periodismo de hoy. Actrices de 50, 60 y más lucen como si fueran sus propias nietas, una tendencia que iniciara la actriz americana Joan Collins, que debido a las manipulaciones de grandes staffs de expertos, lograba cumplir cada año unos tres o cuatro menos que el anterior. Una moda a la cual aceleradamente se van incorporando -gracias al poder de un marketing arrollador- también los hombres. Tal vez todo haya empezado con la pícara "avispa" del Dr. Menem (2), y seguido por otros políticos y actores, músicos y cantantes que modificaron (y publicitaron abundantemente) partes desagradables de su anatomía con operaciones, inyecciones, trasplantes o mucha cosmética, simplemente.
En esos terrenos, según una nota central de una revista porteña, se ha agregado al uso cada vez más habitual del botox (droga botulínica para mejorar la piel) las inyecciones de célula de prepucio de bebé, un producto que se me ocurre solamente posible de conseguir a continuación de una circuncisión. Pero prefiero esquivar el tema: me da cosa.
Y ahora, luego de mi algo inquietante exposición, voy a hacer una pregunta: ¿qué es hoy envejecer? ¿Durar unos pocos años para luego ser deshechado, cómo todo lo que gira hoy alrededor de la computación? ¿O parecer más nuevo como en el caso de los humanos reciclados?
Dicho lo cual, y presa de una angustia existencial de escasos precedentes, doy por finalizada esta graciosa exposición.

Notas al pie, útiles para lectores no argentinos, o poco conocedores de nuestra historia:

(1) Automóvil argentino de los sesenta, está originado en un muy robusto modelo de auto inglés. El apellido Di Tella está vinculado a la misma fábrica (SIAM) de la heladera que se menciona en otra parte de la nota. Dos de los principales socios de la empresa, hijos del fundador, Torcuato y Guido Di Tella han sido ministros, uno en el gobierno de Menem (2) y el otro en el actual de Néstor Kirchner.

(2) El Dr. Carlos Saúl Menem fue presidente de Argentina entre 1989 y 1999. Se caracterizó por una cuidada estética personal, tanto en la vestimenta como en el mejoramiento permanente de su figura externa. Cuando los periodistas lo sorprendieron con marcas en su rostro (similares a los que tienen los recién operados con procedimientos de cirugía estética) declaró que había sido "picado por una avispa".

24.8.04

PAPÁ CONTESTA

Testigo poco objetivo de la devastada generación de los setenta, mi papá parece cumplir los destinos de todos aquellos muchachos que llenaron de sentido una etapa dolorosa de la historia argentina. Así que me dije ¿por qué no reportearlo? No le gustó mucho al principio, no es un fósil pero le es bastante sospechoso esto de la internet, casi como que le rehúye un poco.
Para los que no lo conocen, les voy a trazar un rápido perfil, absolutamente teñido de visión personal por ser su hijo y -por lo tanto- me debo basar en mis notas y recuerdos, totalmente influídos por la vaguedad de datos del todo inciertos en las partes que no viví con él. Mi padre intentó toda su vida escribir y trascender con su escritura, por eso devino en empleado público. Una forma de vida que -sin embargo- le permitió descubrir y manifestar en parte aquella vocación con esporádicos trabajos en un par de editoriales y alguna changa adicional. Esto le ha servido para desarrollar una personalidad disociada (estereofónica le dice él) que, según con quien habla es periodista o empleado, ocultando todo su background académico, al que renunció hace tiempo.
Se casó con mi madre a principio de los setenta y no llegó a los ochenta en el mismo estado. Tuvo un par de matrimonios adicionales, y me regaló otros hermanos. Pero eso, además de ser el tema preferido con mis analistas, va a ser objeto de futuras notas.

¿Qué es esto de que sos empleado?

Mientras estudiaba Letras, me fue bastante cómodo conseguir un empleo público: para estudiar era ideal. Letras era una carrera perra por la cantidad de lectura que implicaba. Yo estaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Independencia, que era como decir estar en un incendio permanente. Físicamente era una especie de carnaval de Río: no se alcanzaba a percibir el espacio porque toda la superficie interna del edificio estaba lleno de carteles de agrupaciones políticas. El edificio era viejo y poco mantenido, insuficiente para cubrir las necesidades mínimas de miles de alumnos de cientos de carreras: allí no sólo convivíamos con la gente de Filosofía, sino con los de Bibliotecología, Geografía, y los problemáticos: Psicología y Sociología. Las clases, las reuniones y las asambleas eran verdaderos aquelarres repletos de personajes inverosímiles. Suelo recordar esa etapa como una especie de Guernica que permanece en mi memoria.

¿Me contestaste la pregunta sobre qué era eso de ser empleado?

Por aquella época el empleo público era el paradigma del trabajo, desde allí se ensayaban las políticas que después se extendían a todo el espectro de la actividad privada. Y nosotros los estudiantes teníamos muchos días para faltar por estudio, lo que me hacía muy cómodo el estudio. Y esto a pesar de que estudiar letras era todo un tabú, sobre todo para los varones. Los viejos te decían "¿y de qué vas a trabajar cuando te recibas?" (y ahora pienso que tenían algo de razón) y tus jefes laborales te cargaban... Cuando me recibí me di cuenta de que el título me servía mucho para la docencia, pero para el resto del espectro laboral yo debía ser "un zurdo", porque sí nomás... Esto se complicó cuando conseguí un laburo como corrector de una editorial técnica, cuyo dueño era un señor que sólo quería tener un negocio muy rentable y que el periodismo, la especialización, la literatura o el diseño gráfico no le interesaba en lo más mínimo, por lo cual la relación con su personal era casi imposible. Te estoy hablando de un trabajo que hacía a la salida de la oficina, a la tarde, después de las tres. Así, de a poco, empecé a escribir algunas cosas, pero me pagaban muy poco, apenas me daba unos pesos adicionales... Y ese, con otros trabajos que fuí consiguiendo me dieron la medida de que me era muy difícil meterme en el periodismo definitivamente, trabajar exclusivamente de eso y profesionalizarme… He sido siempre un bicho raro, en un lugar lleno de bichos raros. Vos sabés del palo de mis compañeros, como el Pato Rositi, el árbitro. Resulta que los árbitros de la AFA no pueden trabajar de árbitros si no tienen otro laburo, así que tarde o temprano terminan enganchándolos en un trabajo público… Antes, con Segba, la Italo, Gas del Estado o la Caja de Ahorro la cosa era más disimulable, pero desde que todo eso se privatizó, a los árbitros emprezaron a acumularlos a todos…

Pero no te olvides que soy tu hijo, y si mi memoria no me hace equivocar (tus notas en Humor, en Página 12, los guiones de Rock & Pop), no sólo recuerdo muchos trabajos tuyos, también las cositas que se que hacés en el presente.

¡Y eso es lo que yo llamo mi estereofonía! He vivido siempre del empleo público, pero yo soy pobre dentro del periodismo: he hecho trabajos que van de lo gratis a la devolución de favores, canjes y en el mejor de los casos no he cobrado o cobrado algo simbólico... Si hubiera tenido que vivir de eso, vos ni siquiera podrías haber cursado el primario... Es decir: claramente le estás haciendo un reportaje a un simple empleado público, que changuea escribiendo algunas boludeces.

¿Qué pensás del periodismo actual?

El periodismo, hoy, tiene resuelta bastante bien la crisis que vivió durante la dictadura. En los setenta el periodismo había sido una fiesta, iniciada en los sesenta (a pesar de las diversas dictaduras de por entonces) con Primera Plana y Confirmado de Timmerman, Todo de Neustadt, Gente de Atlántida, los productos de Abril: Siete Días y Panorama con Tomás Eloy Martínez, Adán, La resurrección de El Mundo a principios de los sesenta que había servido para el renacimiento de Mafalda de Quino (que en realidad había sido originada por la agencia de publicidad Agens en Primera Plana para Mansfield, una línea de Siam). Como te decía, los setenta se inician con el periodismo en ebullición: los periodistas que crecieron en los sesenta, junto con los innovadores, dieron el salto cuyo punto más alto llegó con La Opinión de Timmerman, El Cronista de Rafael Perrota, Noticias con Miguel Bonasso, tres diarios espectaculares de la época más politizada y combativa que tuvo la Argentina contemporánea. Y los ayudaba enormemente una realidad muy rica en acontecimientos diarios. Todo eso murió en marzo del 76: por supuesto no fue casual que los tres directores de los tres diarios que te nombré fueran los principales afectados: a Timmerman lo metieron adentro y su calvario duró muchos años, dicen que no desapareció por la fuerte presión internacional, Perrota sí desapareció para siempre, Noticias y Bonasso se hicieron humo tras la clandestinidad y persecución del grupo político que les servía de soporte. El resto del espectro entró en coma: los mejores periodistas argentinos pasaron a silencio o porque los hicieron desaparecer, o porque se fueron del país o porque callaron (algunos hasta cambiaron de profesión, o pasaron a ser creativos publicitarios o guionistas de televisión). Y el periodismo en la Argentina cambió para siempre.

Otra vez no me contestaste.

Es que la estereofonía me dispersa. Tal vez porque sirva más para entrevistar que para ser entrevistado. Ahí te contesto: no me gusta el periodismo actual. Pero no es una pregunta completa, porque hoy la actividad está muy segmentada. El periodismo político casi no existe, parece haber sido eclipsado por el periodismo "de actualidad". En realidad lo que no existe es una "realidad política". La política argentina no pasa ya por los partidos, sino por una externalidad con ritmo de video clip que pone en foco secuestros, movilizaciones sectoriales y notas de color. El paradigma parecen ser estrellas como Majul, Lanatta o en su momento Juan Castro, figuras jóvenes con mucha polenta investigadores de la incidencia de la tecnología en el mejoramiento de los recursos periodísticos. En realidad ese es "el tema". Es que nuestra generación nunca va a entender el valor y poder que encierra hoy la televisión. El periodismo que conocimos era aquel que se nutría de tipos de los cuales importaba menos lo que pensaba y más como lo decían o podían expresarlo: Borges y Arlt en el diario Crítica de los 30/40. Hoy el periodismo pasa más por los recursos que se utilizan, la tecnología ha tomado las riendas del proceso. Mirá: vos mismo me están interrogando con un grabador, vas a procesar esto en el Word, lo vas a subir a un satélite a través de un conglomerado de recursos (ADSL, Blogger, PC), y de todas maneras es muy difícil saber si alguien lo va a leer alguna vez porque lo que en el periodismo tradicional se llamaba el lector ¿sabemos qué es hoy?

¿Vos leíste mi weblog?

¡Sí, y sabés que me parece divertidísimo! Coincido poco con vos, me parece que sos un clásico: arbitrario, contradictorio y a veces hasta confuso. Pero así son todos, no se puede dejar de ser humano (al menos hasta que las máquinas tomen definitivamente nuestro lugar).

Pero si yo no pretendo mucho más. Es cierto que no se si me leen miles o no. En Google tengo contabilizados esta semana 68 links a mi página, ¡alguien tiene que leer algo mío en algún momento en algún lugar!

Sí. Y yo te deseo un gran éxito. Al menos vos no sos empleado público.

Cierto: sólo soy desempleado.

Carlos María Vitali es filólogo, corrector de estilo, periodista free lance y mi padre. Esta fue una entrevista monaural, prometo volver a entrevistarlo en su otra realidad, la de empleado público, parece que base de mi educación actual.

21.8.04

INCREIBLES EXPERIENCIAS ARGENTINAS

Hasta los 80 los medios de comunicación en Argentina eran pesadas máquinas llenas de restricciones, que un poco colaboraban con la sociedad misma en estar enfermas de formalidad.
Sobre el fin de los ochenta recién aparecieron las radios piratas, y la consagración formal de su estilo no sobrevino sino con la bendición de la Rock & Pop, una radio informal, joven, lanzada a decir todo lo que les parecía, con la excusa de que ninguna radio pasaba la diabólica música rockera.
La televisión se vio inmersa en la informalidad un poco después de que avanzó la democracia, cuando se comenzaron a proyectar series españolas como "Los Gozos y las Sombras" o "La mujer de tu vida", en las cuales -oh milagro- los actores hablaban como se habla en casa...
Antes, los medios fueron una pesadilla formal y tan repleta de prohibiciones, que hoy asustan.
Cuentan que allá por los 70, un animador de radio leyó un cuento célebre en el cual textualmente debió reproducir la palabra quilombo, y como consecuencia inevitable debió sufrir una prohibición. Que otro dejó que uno de sus entrevistados filtrara al aire un insulto con la palabra hijo de puta y fue sancionado. Que sobrevino el escándalo cuando en un programa de almuerzos en televisión un famoso actor español se refirió -con ese osado término- al culito de los chicos...
Entre 20 a 30 años después, en esos mismos almuerzos, ex-alumnos de un prestigioso colegio privado se encontraron para contar cómo uno de sus profesores había cometido todo tipo de excesos sexuales con ellos.
Algo cambió ¿no?
Bien: vamos a particularizar este caso.
Resulta que en la década del 70, en un colegio de una zona de clase acomodada de los alrededores de Buenos Aires (en realidad la zona más prestigiosa -paqueta se le dice por aquí-, donde viven los más adinerados, cultos y poderosos señores), uno de los profesores de los chicos "abusó de varios de ellos". El abuso incluyó el haberlos inducido a prácticas de carácter homosexual, reiteradas en muchos casos. Pasados treinta años, los abusados mancomunadamente decidieron retomar el caso como una bandera de lucha y denunciar al abusador, en un plan bastante particular. Primero practicaron lo que por aquí se conoce como "escrache" y es una práctica de ventilación pública: con pancartas y gran escándalo se reunieron frente al hogar del abusador, dando a conocer con todo tipo de cánticos y publicidad aquellos hechos de los seventies...
Todos abuelos: abusador y abusados, todos en otra vida...
Pero esto hubiera terminado aquí si no se les hubiera ocurrido subir un escalón más, ante el atractivo de que el abusador era no sólo un rutilante señor de cierto renombre, sino además bastante prestigio, y a su vez con una familia de varios hijos y giro comercial y artístico...se fueron a la televisión, ese bichito que busca reality por todas partes, e... ¡hicieron una cámara oculta! Lo indujeron a confesar todo al culpable, y no contentos con esto empezaron a contar a quienes quisieran oírlos y por cualquier medio todos los detalles de aquellas historias sexuales ya añejas.
En Argentina, a cualquier hora del día, en muchos programas usted ha podido encontrarse con señores de grandes bigotes contando "cómo les rompía el culo ese profesor al que querían tanto".
¡Y no estoy opinando: estoy contando lo que estuve viendo en la televisión de mi país!
Me cuentan que esta habilitación está trayendo muchos otros casos, de señores, y señoras que estaban esperando este momento para animarse a contar cómo, dónde y de qué manera (con mucho lujo de detalles) fueron abusados hace 50, 40, 30, 20, 10 años o apenas unos minutos atrás.
Y no extrañaría un reality sobre el tema, con contratación de psicólogos ad-hoc...
En Buenos Aires tenemos un canal que se llama "Volver" que pasa permanentemente viejos programas de excelentes actores cómicos como José Marrone, Alberto Olmedo, Jorge Porcel o Fidel Pintos. En el teatro podían hablar de todo, pero cuando llegaban a la televisión se veían restringidos a un humor lavado, totalmente censurado e insulso. ¡Lo que hubieran disfrutado de haber vivido en esta época y poder decir en tv todo lo que decían en el teatro!
Y bue...
Los dejo, se me acaba de ocurrir presentarme en una obra que están convocando para hacer peripecias con una parte de mi organismo que, según las monjitas que educaron a mi hermana, no me la dio Dios sino el Diablo.
¿Será esto el a-pocalípsi nau?

17.8.04

EL INCIERTO TOUCH TACHERO

A los taxistas, en Buenos Aires, los llamamos “tacheros”, una palabra que encierra un significado sagrado, mucho más complejo que el de simple conductor de un servicio público: es una especie de ritualizador de una contingencia que coincide con el viaje personal de uno.
Vamos al primer ejemplo.
Barrio del Once, un día cualquiera a las 7 am. Subo al taxi, saludo cual es mi costumbre e indico el destino. Pero casi chocamos en la primera esquina, por la simple indecisión del conductor al no definir claramente si avanzaba o no primero que el otro vehículo que se cruzaba. ¿Saben cómo justificó el conductor el error que acababa de cometer”. Escuchen:
“-Teneme un poquito de paciencia, flaco. Pasa que sos mi primer pasajero. Acabo de dejar el neuropsiquiátrico y estoy medio tonto, todavía me tienen a pura pastilla. Vas a ver que mientras manejo se me pasa...”
Una tranquilidad. Dicen los historiadores que la historia se juzga desde los resultados. Y ya ven que estoy vivo y que todavía escribo.
Cualquier porteño (y sobre todo las porteñas) me podría asegurar que esos son riesgos que yo corro por tomar cualquier vehículo en cualquier calle. Para los atemorizados existen los servicios de radio-taxi, que pululan de a miles por la ciudad. Uno marca un número de teléfono y el servicio parece ser muy seguro. Algunos hasta tienen a sus vehículos rastreados por satélite con seguros y contra-seguros que le permiten cierta tranquilidad. Ello no quita la extraña personalidad que suelen tener ciertos conductores: están los que a uno le preguntan todo, llegando a niveles de indiscreción abominables.
Un taxista una vez me contó con un nivel de detalle alucinante todas las instancias de construcción de su nuevo hogar en los suburbios: una casa de dos plantas con piscina, sala de juegos y aclimatadores ¡como cuentan los actores de sus mansiones en Beverly Hills!
Otro me invitó a leer la colección de revistas condicionadas que llevaba en su vehículo. Otro me contó cómo una chica que huía de su familia se había transformado en la oscuridad de su carro en una espectacular mujer nocturna, con mucha pluma y strass y maquillaje. Otro me contó que era contador y me ofreció asesoramiento profesional con una tarjeta de su estudio.
Cuando le conté a un taxista que tenía que ir por una cuestión laboral a Cañada de Gómez, pero que no sabía mucho qué tipo de lugar era, se dedicó a darme un elaboradísimo detalle de dónde era y cuáles eran sus recursos (ríos, arroyos, temperatura, cantidad de habitantes, etc.). Y me aclaró que era profesor de geografía, por eso conocía tanto dato absolutamente inútil.
Claro que los tacheros que mejor caracterizan la ciudad son aquellos que podríamos llamar “ideólogos”, que conducen su vehículo mientras desarrollan discursos con una permanente “bajada de línea”, y cuya plataforma se sintetiza en:
1) Los políticos son todos chorros, hay que colgarlos.
2) Los politizados son todos inútiles que no quieren trabajar, hay que echarlos del país.
3) A los que no quieren trabajar (porque trabajo hay ¿eh?): hay o que colgarlos o echarlos del país.
4) Todo se resuelve con mano dura: paredón para los que no estén de acuerdo.
Y esto no es casual. Está soportado por un marketing de conveniencia que vamos a analizar ya.
El periodismo en Argentina es en general de centro-izquierda. Hay algunos pocos representantes moderados de centro-derecha, y entre ambos concentran prácticamente todo el espectro de la comunicación.
Los medios de derecha no abundan. Es que en Argentina cuesta identificar a pleno dónde está la derecha y dónde está la izquierda. Por razones entendibles: los de derecha tienen mala fama (accedieron al poder reiteradamente por fraude o golpes de estado, y fracasaron en sus gestiones) y los de izquierda fueron perseguido durante siglos. Entonces nadie levanta la cabeza y dice de qué son o quienes son. Menos en el periodismo donde todavía subsiste en general el mito de periodismo objetivo, independiente o sin ideología.
Hasta hace unos años, la derecha no tenía medios: ni radios ni canales de tv. Y la cobertura de ese nicho vino de la mano de empresarios muy hábiles que descubrieron simultáneamente otro nicho: el de los rockeros de los 70/80 que hoy pasaban los 40/50 años. Las dos radios que se fundaron: Radio 10 AM y Mega 98 FM cubrieron ambos nichos, y hoy son líderes de sus respectivas audiencias.
Radio 10 supo captar rápidamente ese sector, ubicándolos: amas de casa espantadas por la violencia y la inseguridad, ex militares y familiares desplazados del poder, ancianos antiperonistas a muerte. Y por supuesto: ¡gran parte de los 23.000 taxistas que pululan (“yiran” se dice en slang) por la gran ciudad.
Así que han agregado un nuevo “show” al de su costumbrista y escandalizadora charla: hacernos compartir los melindres surgidos de esta curiosa radioemisora que: se quejan del gobierno, rememoran nuestros momentos de gobiernos libreempresistas concubinos de los yanquis (se hablaba que manteníamos “relaciones carnales” con los EEUU), añoran las manos duras y adhieren a soluciones drásticas para cualquier tipo de problema que parece que conocen mejor que cualquier otro.
Y no es que aborrezca a los pobres tacheros: a veces me cansan un poco por lo monotemáticos. Y me dio un poco de lástima las declaraciones periodísticas de uno de ellos: “es muy triste, estoy lejos de casa entre diez y once horas, pongo la radio para sentirme acompañado pero no me alcanza; así que cuando sube un pasajero me alegra mucho poder charlar con alguien de cualquier tema: desde político o económico hasta de los programas de la televisión o que me pasen una receta de cocina”.
Tacheros de Buenos Aires: deberían figurar en la Guía Guinness.

15.8.04

REPORTAJE: UN ARTISTA EN LA COSTA

Pedro Enrique Rivero, 43 años, hijo de madre eslava y padre argentino. Pinta botellas y las vende en el mercado de Tigre, una zona de los alrededores de la ciudad de Buenos Aires, a orillas del río Paraná.
Te quiero hacer un reportaje.
¿Estás seguro que a mí?
Me gusta que lo que hacés, no parece viciado por el consumo, el marketing, la creación de necesidades que no existen…
Estás equivocado: todo el mundo necesita mis botellitas… ¿Y dónde van a salir mis declaraciones?
En Internet. Todo lo que digas va a recorrer el mundo.
Aquí es donde Rivero empezó a sospechar de mi estado mental. Pero creo que fue eso –y no pasar a la fama- lo que lo decidió a empezar a contarme su vida.
Lo primero que recuerdo es que cuando empezó el mundial (se refiere al campeonato mundial de fútbol –soccer-, que se jugó en Argentina en 1978) tomé la decisión de irme de casa…
¿Por el fútbol?
¡Odiaba el fútbol! Creo que elegí el momento porque todos estaban medio idiotas: mi viejo vivía al lado del televisor, y además se jactaba de eso. Mi vieja ya había hecho abandono del hogar antes, harta de mi padre y sus infidelidades. Lo interesante es que nunca supe cómo habrán reaccionado mi viejo y mis hermanos ante mi huida. Sospecho seriamente que el mundial los hizo olvidar de que yo había vivido allí, con ellos… Encima: Argentina terminó ganando.
¿Y dónde te fuiste?
A la casa de mi primo Esteban, que por entonces no estaba en buena situación económica, pero tenía la mejor voluntad. Él también se había ido de su casa, pero su familia sí sabía donde estaba. Aunque no pasé allí mucho tiempo: él vivía con su novia y bueno… no era muy grato compartir la intimidad de un primo intentando dormir en la misma pieza, así que dos años después decidí irme. Para entonces, ya Esteban me había enseñado su habilidad, que era pintar estas botellitas.
Así fue como empezó tu carrera artística.
No. Porque al tiempo me avisaron que si no me reportaba ante el ejército sería considerado desertor. Me presenté y me jodí porque terminaron mandándome a la guerra de Malvinas. Pero mejor eso no te lo cuento, me lo guardo para mis pesadillas por la noche.
Volviste de las Malvinas ¿y qué, desde entonces?
Lo que ves: hago mis botellitas y las vendo aquí. ¿Qué esperabas?: ni un Oscar, ni un Nobel, ni la tapa de Gente, a nadie se le ocurrió todavía hacer una miniserie con mi vida. ¿Cómo se te ocurrió elegirme a mí?
Así que le compré una de las botellitas, un engendro tan lejano a una expresión de arte como no podrían imaginar nunca.
Cuando llegué de vuelta a casa y me puse a escribir esto, me cuestioné un par de veces. ¿Hasta dónde tengo derecho a hacer pública las mil y una desgracias de Pedro? Así que me acordé de aquel profesor de periodismo que insistía que la verdad de nuestra profesión no está en dar a conocer todo lo que sabemos, sino en cómo y cuándo sabemos mostrarla. Y con mucha piedad, edité.
Ahora la palabra la tienen los lectores. ¿Debo contar toda la historia de Pedro?
Espero tu opinión en vitalivuelve@hotmail.com.

9.8.04

¿Qué saben acerca de "Marty"?

(vitalivuelve@hotmail.com) Robert Redford es un gran promotor del cine joven, de los nuevos realizadores de todo el mundo que buscan los dejen decir sus cosas. Además como actor, ha intervenido en algunas de las buenas páginas de ese lenguaje. Pero como director, ¡my god!, no ha podido nunca salir de los límites de cierta corrección impuesta, del esfuerzo por ser prolijo y moralista. Diez años atrás, en 1994, pergeñó su “Quiz Show”, un alegato ético que enjuicia de un tirón a la clase alta, a los intelectuales, a los prejuiciosos y discriminadores, a la televisión y sus productores y a las grandes cadenas, a los abogados... en fin: a la sociedad toda. Demasiado para un cine que se pretende “entertainment” y que seguramente llega más a los espectadores por ser “una más del lindo rubio”.
El film, sin embargo, esconde un homenaje. Una pequeña clave para las nuevas generaciones, y esto solo rescata al film de sus presunciones y aburrimiento. Me limitaré a contarlo, para quienes no lo vieron o se les escapó la “boutade”: se desarrolla un concurso de televisión, el cual está “arreglado” y en determinado momento al participante lo obligan a perder. Pero le preguntan –nada menos- que ¡por su película favorita! Y la película en cuestión es “Marty”.
¿Sabés qué cosa es Marty?
Es un film de 1955, en blanco y negro, con actores no de primera línea. Cuenta la leyenda que sus productores, entre los que se encontraba el actor Burt Lancaster, querían hacer una inversión con “cierta” valía artística, y terminaron arrasando: siete nominaciones al Oscar y tres obtenidos, entre ellos ¡el mejor film! Esto no sería significativo, si no fuera que en 1952 ese premio había sido para “El mayor espectáculo del mundo”, un film con gran reparto, todo color, pantalla panorámica y gran sonido (algo que por entonces sólo se podía hacer con gran producción en dólares), y unos años después para Ben Hur. Es que se premiaba a productores que arriesgaban mucho dinero, y los estudios seguían promoviendo nuevas tecnologías para pelearle palmo a palmo a la televisión.
Pero no tienen ni idea de lo que en los cincuenta era la televisión.
Eran unos aparatos enormes, con imagen en blanco y negro poco estable, que debía tener unas antenas instaladas en los techos de los hogares, y que al ser sólo de percepción por aire, se alcanzaba a recibir la emisión con grandes interferencias. Pero esto era lo de menos, el gran problema estaba en la programación, ya que no se habían inventado aún grabadores eficientes. ¡Todo salía al aire en vivo, en el mismo momento de la transmisión! Y lo que no era en vivo, era filmado en film de celuloide de dieciséis milímetros, que por supuesto era caro y de procesamiento no inmediato.
Esto traía aparejado que los guiones actuados debían ser apenas poco más que funciones de teatro frente a una cámara de televisión.
Uno de los principales desafíos para un buen guionista era superar los mil y un inconvenientes que traía aparejado la situación. Y eso consagraba a los buenos escritores especializados en la construcción de libretos para la televisión. Porque los guionistas debían superar el hecho de carecer de las facilidades de la edición, que por entonces sólo aportaba el cine, y de los inconvenientes que generaba la transmisión “en directo” que podía filtrar todo tipo de cuestiones inapropiadas, en el mismo momento que sucedían: ruidos inesperados, caídas, accidentes, caídas de escenografía, errores en lentes, etc....
Paddy Chayefsky fue lo que se dice un escritor de televisión por antonomasia: calculaba al milímetro las escenografías simultáneas, los cambios de escena, los tiempos y sus sucesiones. El libreto que pergeñó para Marty en televisión es una pieza de precisión coreográfica, la obra de un maestro. Desde el punto de vista del drama íntimo que muestra delata un estudioso del alma humana, y un espejo sensible que logra mostrar hasta las últimas de sus contradicciones.
De tan humilde que resultó aquella versión, de tan antihéroes que fueron sus personajes, fue elegida para transcribirse al cine, una utopía total ya que el cine de los cincuenta era el que combatía a la difusión de la tv con los recursos que la tv no estaba en condiciones de disponer: las míticas estrellas, el color, la pantalla gigantesca o la tridimensionalidad, las orquestaciones y ediciones a todo trapo, en síntesis: el poder y el esplendor de la superproducción a través de la inversión de muchos dólares.
Y ganó el Oscar. Contaba el propio autor que enmascaró la historia en la comunidad italiana de New York por los parecidos con su propia comunidad judía, y para no quedar tan expuesto a lo fácil que le fue contar una historia tan afín. El guión cuenta la historia de un carnicero no muy agraciado física ni intelectualmente, cuya madre sufre con preocupación por su soltería aparentemente ya crónica. Y los intentos de su familia –y sobre todo su madre- por conseguir que una mujer se fije en él. Hasta que conoce a una mujer tan común y corta de carácter como él, con la cual habrá de unir su vida.
¡Imaginen a alguno de los directores de contenido de la televisión de hoy, o a algún productor de cualquier medio frente a una sinopsis así!
Unos años atrás, en un taller de guión, llegó a mis manos una traducción del guión original para tv. Lo que me impulsó a conseguir una copia del film, y observar de qué se trataba. Y bucear en otras obras del autor: Estados Alterados y –básicamente- Network-. Este ejercicio se los recomiendo a todos.
Chayefsky murió hace más de veinte años, el centro de su obra tiene más de cincuenta. ¿Pasó demasiado tiempo para que la gente tenga derecho a enterarse de algo?

3.8.04

SOMOS SOBERBIOS PERO OLEMOS BIEN

Tengo amigos centroamericanos que adhieren fervientemente al mito de que los argentinos somos soberbios, y se dedican a reproducir chistes en los cuales se nos deja ver como intragables. Es tan cierto, que conozco a cientos de estos compatriotas. Sobre todo los “nuevo-ricos”, esos patanes subidos a autos ostentosos, que gritan a los cuatro vientos y que tratan de imponer sus prejuicios a diestra y siniestra. Claro que existe otra gente, que vive en otro lado y que sostiene otros prejuicios. Y de eso me voy a dedicar a rumiar hoy: de una sociedad argentina disociada, en donde la esquizofrenia ha desplazado con tantas creces a la soberbia que en realidad éste es el verdadero sustento de tanto psicoanalista suelto, mire...
Soy argentino, del país donde uno de sus símbolos más viejos es Carlos Gardel, un cantante uruguayo aparentemente nacido en Francia y muerto en Colombia, que hizo su prestigio como actor de cine de Hollywood.
Esa indefinición del ser nacional pulula en los listados de cualquier agrupación social, sea una lista de correos, una nómina o la guia telefónica: cientos de apellidos italianos, rusos, españoles, judíos, orientales e inidentificables varios. Los hijos de la gente de dinero son enviados a colegios bilingües con la secreta ambición de que cuando crezcan sean importantes funcionarios de entes multinacionales o –mejor aún- emigren para siempre hacia tierras más promisorias. ¿Una forma de filicidio? Todo es posible, los argentinos parecemos sufrir una interesante forma de esquizofrenia social leve, que no nos impide interactuar, pero si nos impide tener una conducta que nos conforme del todo.
En Argentina existe una golosina muy difundida –una fiesta para el colesterol y las caries- que se llama “alfajor”. Es una especie de galletita doble amasada con mucho tenor graso, unida por el centro con lo que se conoce como “dulce de leche” (la cajeta centroamericana), y con un baño externo de azúcar o chocolate. Esta golosina se puede comprar en cientos de posiciones por las calles (los “kioscos”), y en general en millones de lugares públicos junto con otros dulces comunes a cualquier lugar del mundo. El alfajor trae una cobertura externa, tradicionalmente una envoltura de papel aluminio y papel, actualmente un papel sintético y envasada al vacío.
Es decir: para consumirlo hay que extraerlo, y luego desprenderse de tal envase.
Una madre argentina, obsesiva de la limpieza, ha educado a su hijo en la cultura de la higiene. Por lo tanto, cuando vuelve del colegio y le obsequia con un alfajor, lo ha instruido para que, luego de extraer el alfajor de su envase, lo vuelva a cubrir por la parte inferior (para no ensuciar sus deditos con la cobertura de chocolate), realizando una fina tarea de sostenerlo tipo “paragua invertido”, de tal manera de impedir que las migas dulces caigan sobre la alfombra de su hogar. Esta paciente labor (junto con otras gimnasias higiénicas a los que obliga a todos los componentes del hogar, aún los más chicos) ha terminado por transformarse en el niño en una acción reflexológica ya que comer alfajores está indisolublemente ligado para él a cuidar la alfombra y la higiene general de la casa según los designios de la mamá. Así que un día, de paseo con papá por la plaza, dos señoras comentan asombradas los excelentes hábitos del muchacho, que deglute la golosina revistiéndola con su envase. Pero otro día, en el cine con mamá, termina su bolsa de pochoclos y se da cuenta que no conoce el contenido del vademécum higiénico de mamá en el rubro “envase de pochoclos”, así que la mira y le dice: --“-Má: ¿qué hago con la bolsa?” “-¡Tirala (al piso)!, -responde su madre con acento lógico y preciso...
Cualquier argentino refrendaría estos dichos, porque la alfombra de casa no es lo mismo que la alfombra del cine (que es un lugar público).
En la esquina de mi casa, en un barrio de Buenos Aires, manos tal vez no tan anónimas han desgranado un interesante grafitti, que no recuerdo textualmente pero que es interesante citar en su espíritu: se queja de los padres que instruyen a sus hijos en el amor a los animales, mientras sirven carne vacuna en su comida.
Esta contradicción siempre me preocupó, desde chico. Y es algo más amplia: los mismos que pelean contra los árboles heridos, no ven la contradicción en depredar todo tipo de otros vegetales para alimentarse.
Parece que el destrozar vegetales o vidas de animales, por alguna inasible condición sine-qua-non se transforma en buena automáticamente al ser alimento humano.
Los argentinos (que creen ser los únicos en el mundo que comen sandwiches de miga, dulce de leche o toman mate), también sostienen que inventaron la barbacoa, que denominan graciosamente asado. Así que matan vacas, ovejas, cabras y otros mamíferos, y las exponen al calor en ceremonias que autodenominan gastronómicas. Quedan fuera –sin discusión- el resto de los mamíferos, a los cuales no sólo protegen sino que los llevan a cohabitar con ellos.
En este bendito país esquizofrénico, ahora cunde la paranoia de que nos persiguen los ladrones (armados), los pobres (furiosos), los extremistas (insaciables), los terroristas (con explosivos) y toda una sarta de figuras persecutorias entre las que se cuentan violadores, corruptos y estafadores menores al estilo nueve reinas(*). Así que nada mejor que llevar a casa (definición que suele darse a un apartamento de dos habitaciones, un bañito y una cocinita) a un perrazo defensivo y atacante.
Ese perro enorme, además de necesitar una protección médica confiable, seguirle los hábitos de higiene y alimentación, ¡come tan profusamente como un humano, y a la hora de emitir su enorme cantidad de desperdicios lo debe hacer al aire libre y no dentro del apartamento limitado!
¿Saben qué produce este fenómeno, multiplicado en casos? Produce toneladas de caca de perro, en las calles, que la gente no limpia y que todos pisamos y diseminamos por doquier. Claro que si vivís en La Haya o Mongolia y me podés leer en español, pensarás “esto las autoridades lo resolverán pronto” ¡minga! Esto es un fenómeno viejísimo, de los que se quejaban ya mis bisabuelos, con la ventaja de que en 1919 había bastante menos perros...
Es así: los porteños (así se nos llama a los habitantes de la ciudad de Buenos Aires) conviven con toneladas de caca de perro en sus pies, cantidad de olor a sudor fuerte de perro en sus elevadores (en donde bajan y suben los animalitos, camino a hacer caca diariamente), y llanto de los mismos cuando sus amos los dejan solos o lastimosos lamentos cuando resuenan las bombas de los goles semanales o los fuegos artificiales de las fiestas navideñas...
¿Dónde está la esquizofrenia aquí? Los argentinos somos algunos de los mayores consumidores de cosméticos del mundo, entre ellos desodorantes axilares y perfumes corporales. ¡No soportamos los naturales aromas humanos!
Si sos turista en Buenos Aires, acostumbrate a ponerte mucho desodorante axilar, porque si no vas a ser discriminado. Y, aunque no lo creas, esa gran cantidad de sustancia del piso parecida excremento ¡es excremento!, pero de perro... Son claves culturales ¿viste?

(*) "Nueve reinas" es el nombre de un film argentino muy popular tiempo atrás, en el que se muestra las actividades de una pareja de estafadores oportunistas, dedicados a pequeños engaños rentables.










1.8.04

Y, finalmente, llegó el futuro.

El futuro se parece mucho al que Burgess planteó
De Verne para aquí, cientos de profetas intentaron pintar esa entelequia tan difícil de asir como es "el futuro". La literatura de "ciencia ficción" peleó por obtener una visión que perfilara esa nueva realidad, que a lectores y espectadores "le diera como la sensación, ¿vio?" de enterarse cómo iba a ser ese bendito futuro.
Así que, en tren de imaginar, los autores llenaron el suceder de edificios exóticos, naves de todo tipo, habitantes vestidos de las maneras más audaces, adminículos extraños para la comunicación, y vida en otros planetas, el espacio, etc. Y la violencia quedó para la "guerra de los mundos", porque se tendió a imaginar cierta placidez en la interna del planeta, y con enemigos surgidos de un exterior interplanetario.
Corriendo el tiempo, sin embargo, algunos otros autores -pocos- vieron un costado inquietante. Orwell en "1984" imaginaba que íbamos inexorablemente hacia formas sociales dictatoriales y neoesclavistas, Burgess en "La Naranja Mecánica" veía la violencia no en manos de extraterrestres sino en formas internas espantosas.
Todos, sin embargo, coincidieron en algo: el gran avance tecnológico. Desde los primeros inventos que asombraron al mundo: el automóvil, la máquina de coser y la de escribir, la lamparita incandescente, todos se dieron cuenta que entraban a un periodo del desarrollo humano irreversible.
Pero las novelas, las películas y los cuentos futuristas siempre mostraron a la realidad como una totalidad: de ninguna manera imaginaron el verdadero fenómeno de este futuro: que sólo sería para una proporción de la gente. El lector de este artículo está obviamente en un sector que le va a costar entender que hay habitantes del planeta que no sólo no tienen idea de la existencia de internet, sino que esto que lo rodea: monitor, parlantes, computadora y teclado son abstracciones totales: no sólo nunca las necesitó: le costaría entender qué son.
Así es: nunca como hoy estuvimos tan comunicados. Estamos a pocas horas de celebrar uno de los acontecimientos más importantes de la historia de las comunicaciones: su centralización. Algo que creció anárquicamente: por un lado la radio y la televisión, por otro la telefonía y la telefonía celular, más allá en el tiempo la computación y todos los recursos que convergen a través de internet, y los satélites, y todo lo que fue desapareciendo bajo las "killer applications": el telégrafo, el télex, las fieles máquinas de escribir y hasta el fax.
Si observamos con ojos de profundizar hacia dónde se dirigen los celulares, vamos a darnos cuenta que son "algo más" que simples juguetes caprichosos, se están dirigiendo a recibir a las nuevas comunicaciones bajo siderales formas planetarias.
Pero: ¿cuántos serán beneficiados con tanto futuro envasado? Billones, seguramente. ¿Y cuántos quedarán afuera? También billones. Y este es el secreto del futuro al que estamos, de a poco, ingresando: no es para todos, aunque parezca que sí.
Pensar que esta realidad burguesa que nos rodea es un espejo de la realidad promedio del universo es sólo un prejuicio.
En Argentina, poco más de una década atrás se privatizó la telefonía. Uno de las corporaciones internacionales que entró en el juego hizo un comercial de tv que mostraba a un lugareño del interior del país que llamaba a su madre -aparentemente por primera vez- desde un teléfono público instalado en el lugar. Y hay lugares del país a los cuales -en parte por dificultades geográficas y en parte porque no es rentable para ninguna empresa proveedora- no llega la televisión...
El prototipo del paseante con sus auriculares colgando mientras escucha sus mp3, su celular en la cintura con internet, webcam y palm, que cuando llega a su casa se sumerge en su home theatre rebosante de dolby, y su realidad tecnologizante, no es un prototipo muy universal...
Pero convive con un congénere que, cerca de él, revuelve tachos de basura para ver si encuentra algo que le sea útil. Tal vez, algo para comer... Obviamente, una interesante diferencia en el futuro no sólo va a ser una cuestión de educación, de posesión de propiedades o de clase social: la va a dar la posibilidad de acceder o manejar cierta tecnología.